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lunes, 5 de septiembre de 2016

Niño envenenado



No sé vosotros cómo lo vivisteis, pero en mi caso recuerdo perfectamente lo que yo creía que era el baloncesto antes de meterme a fondo en él. Para empezar, era un deporte donde tocarse ya era falta. Además, el balón era mucho más duro que los dedos de los jugadores. Por último, en este extraño juego, el entrenador estaba muy presente y muy a menudo de manera intimidante. En resumen, era una actividad sin trascendencia ni transcendentalismo alguno -más aún viniendo yo de practicar el ancestral arte marcial conocido como kárate- y que solo podía explicar sus adeptos con aquello de la espectacularidad de los saltos, los mates y los lanzamientos acrobáticos.

En concreto, la figura del mencionado entrenador me daba escalofríos. La disciplina que impartían todos, a mis ojos, no era propia de la población civil. La idea de equipo no distaba de la de batallón y el coach era el temido Sargento Hartman, siempre dispuesto a apuntarte con el índice mientras hace públicas tus vergüenzas. De cualquiera de las formas, en aquellos mis diez u once primeros años de vida, nada me había hecho sospechar que aquel deporte tenía algo escondido para mí.

Gracias a Dios y a mi primo Miguel, hubo un verano en el que todo cambió. Una canasta colgando con cuerdas, unos comentarios de mi primo sobre algunas estrellas NBA, unos pocos tiros y 1x1s, más alguna experiencia gratificante al no ser elegido último en la confección de equipos de las pachangas de mi urbanización, llevaron a mi cabeza la absurda idea de que yo podía ser bueno en esto... Sueños de infancia, supongo.

Ese curso me apunté al baloncesto del cole. Éramos solo 4 alevines y no pudimos hacer equipo. No obstante, nos ofrecieron entrenar con los benjamines y yo no lo dudé. Un año más tarde entraba por primera vez en el campo de la SCD Carolinas. Era infantil de primer año y solo sabía hacer entradas por la derecha en canastas de mini. Yo quería estar en el infantil A, pero se me antojaba un reto imposible. Allí me esperaba David y... fue amor a primera vista. No hay una manera mejor de decirlo. Tenía la personalidad más atractiva que había visto y en apenas un par de meses tenía claro que quería ser como él. Ya tenía mi modelo de entrenador perfecto. Descubrí que quería ser entrenador para ayudar a romper los moldes del sargento autoritario. Quería salirme de la norma. Incipiente adolescencia, me imagino.

Así fue como me entró el veneno. No fue el juego el que me sedujo. Tampoco la vida encumbrada de los deportistas, ni una relación inseparable con Grouxo, mi balón. Fue un líder que se mostraba tan cercano como apasionado, y que supo hacer una apuesta arriesgada con un nene flacucho y raro.

jueves, 4 de agosto de 2016

Hacer deporte

Hacer deporte es mucho más de lo que crees. Si solo lo ves por la tele o vas de vez en cuando a algún partido, déjame que te diga que no sabes de qué se trata. Si crees que Cristiano Ronaldo, Messi, Gasol o Nadal son la máxima expresión del deportista, tú no sabes de la misa la mitad. Ellos son todos excelentes, sí. Pero lo son sobretodo en un solo aspecto del deporte. En uno que, en el fondo, no es tan importante: el rendimiento. Hacer deporte -ser deportista- te repito que es mucho más.

Hacer deporte es cuidarse. También es conocerse. Es buscar tu límite y superarlo. Es crecer más de lo que toca. Es sorprender y sorprenderse con los avances. Es llegar a comprender a tus ídolos y saber en tus huesos que no son mejores que tú en todo. Hacer deporte es soñar con dejar un legado... o un legadito.

Hacer deporte es renunciar a vivir sin él. Decir muchos noes y hacer muchos extras. Es barrer tu pista antes de entrenar y es compartir el agua con quien se la dejó en casa. Es integrar a los que son más jóvenes y saber respetar a los veteranos. Es aprender de cada entrenador, de cada compañero, de cada equipo.

Hacer deporte es vivir con energía. Es ser tan optimista como para pensar que durante el rato de práctica, uno puede aspirar a ser perfecto. Lo que como ciudadano es imposible, como deportista tiene todo el sentido.

La excelencia en el intento. Ese es el valor que aporta el deporte. Y con esta cualidad hay otras muchas superestrellas en nuestro entorno que no tienen contratos millonarios. ¡Bien por vosotros, DEPORTISTAS!

jueves, 2 de abril de 2015

Mira lo que sé hacer

<<< Sobre cómo un reto puede ser más útil que cien ejercicios >>>



Con vuestro permiso, voy a retrotraerme veintitantos años. Por aquel tiempo yo era infantil de primer año y vivía mi primera temporada en el que luego sería el club de mi corazón: Carolinas.

Recuerdo que mi entrenador, David Córdoba, nos proponía retos casi sin querer. En el rato de peloteo previo a comenzar los entrenamientos, él solía coger un balón también. Hacía sus tiros, sus botes y sus trucos. La musa de la imitación se paseaba por aquel patio de luces, despertando un instinto en casi todos nosotros. Allí tuve el primer picorcillo detrás de la nuca al ver un movimiento que quieres saber hacer. Sentí la envidia que te empuja a pensar ese a ver si yo también puedo…

Uno de esos retos en particular lo tengo grabado a fuego. Seguramente porque David ya se preocupaba en aquel momento de fijar nuestros recuerdos con un pegamento muy especial a base de emocionina y pasionina. El reto en sí no tenía mucho adorno; era simple y poderoso. Había que cruzarse la pista con solo dos botes.

El movimiento comenzaba lanzándose el balón al tablero y saltando a coger el rebote. Había que caer ya orientado hacia la otra canasta, y desde ahí, por supuesto sin hacer pasos, salir en bote lanzado -pero sin perder el control del balón- y tras dos amplios botes dar dos poderosas zancadas para terminar en bandeja. Él lo hacía sobradamente, incluso explicando al mismo tiempo que botaba que la clave no era la velocidad. Nosotros, torpes aprendices, no bajábamos de cuatro o cinco botes.

La temporada fue pasando y algunos jugadores pudieron entrar en el selecto grupo de los tres botes. Siempre que podíamos nos retábamos unos a otros midiendo nuestro dribling en carrera. Para el final de la temporada, prácticamente todos podíamos cruzar el campo con solo tres botes y no habíamos dedicado ejercicios de las sesiones a entrenarlo. Quizá algún día suelto, pero no metódicamente. En cambio, fuera del estructurado entrenamiento, buscábamos huecos del campo y momentos de pausa-para-beber de otros entrenamientos para entrar a probar.

Y es que para nuestro cerebro resulta mucho más atractivo repetir una acción cuando hay una intención detrás. Es así como nos lo explica la neurociencia actualmente, y es así como lo llevamos viendo por años en las canchas. La crítica que se le hace a las metodologías tradicionales no debe centrarse en las propias repeticiones sino en la separación de lo motriz y lo mental; en la repetición vacía, disociada de la intención.

Cuando los objetivos son tácticos o estratégicos, este proceso mental asociado al movimiento es evidente, aunque no siempre el entrenador permite a los jugadores expresarlo. En cambio, cuando nos referimos a objetivos técnicos (coordinativos puros), donde la toma de decisiones es obviada con el fin de centrarse en el aprendizaje motor, es conveniente aportar un extra al movimiento que demande de actividad mental. Esto es: RETARLES. Fijar metas a corto y medio plazo que permitan al jugador ser consciente de su progreso a través de observables. Evidentemente, como todo objetivo planteado, debe partir de las necesidades individuales del jugador y tener en cuenta sus posibilidades actuales y potenciales… O no. Porque en aquel patio del que os hablaba, no había prácticamente nada de constructivismo. Casi no se había ni inventado. En cambio, sí había algo especial. Eran los últimos años de los tiempos en los que, además de entrenar, también se jugaba sin más. Donde se sabía que el baloncesto no nace en los entrenadores, sino en los que juegan, y que mirándolos de cerca se aprende mucho.

La imitación es la primera forma y más poderosa de aprendizaje que desarrollamos. Más tarde llegará el aprendizaje por descubrimiento y por último, siendo la menos eficaz, el aprendizaje por transmisión verbal. Y por lo que sabemos, no hay más formas de aprender. Y tú, ¿cómo enseñas? ¿Y cómo aprendes?

sábado, 14 de junio de 2014

Viejas glorias (parte II)

Parte I 


Parte II


Rus – La clave está en lo humano. Es un factor tan importante que no podemos… obviarlo. No importa lo que digan las estadísticas mientras no se lo digan a un humano. ¡Es así de simple!

Beltrán – hmmm… ya veo, ya… ¡¿Pero qué coño estás diciendo?!

Rus – Joder, pues eso. Que el porcentaje de tiro de tres de un jugador solo importa si el que lo lee, lo escucha o simplemente lo sabe, es influido por ese dato. Si no le afecta, la estadística no vale para nada.

Beltrán - ¿Y eso que tiene que ver con lo de hacer “triángulo y dos” sin entrenarlo?

Rus – Pues todo Beli, todo. Cuando me diste el informe y empecé a mirar datos no paraba de pensar que nuestros rivales tenían unos números realmente buenos. Especialmente en los últimos partidos habían rozado la perfección reduciendo el número de pérdidas y con unos porcentajes altísimos de tiro. Se me estaba cayendo el mundo encima… y tú no parabas de hablar de sus últimos rivales y de cómo habían sido incapaces de frenarlos.

Rus hizo una breve pausa para beber. No paraba de dar pequeños sorbos de su wiski. Iba por el tercer doble y no parecía dispuesto a bajar el ritmo. Más bien lo contrario. Beltrán, en cambio, casi no bebía de tragos, solo apoyaba el fino cristal del vaso en sus labios y dejaba que unas gotas de aquel oro líquido resbalaran hasta la comisura de su boca. Luego hacía una especie de balbuceo mudo y tragaba saliva enérgicamente.


Rus – Yo sabía que nosotros no éramos mejores que todos esos rivales… No lo éramos. Y por muy bien que hubiéramos defendido el flash en el bloqueo no lo hubiéramos hecho mejor que el Valencia la semana anterior. Ni podríamos haber cubierto el balance mejor que los vascos. Ni estar más acertados que los canarios. Y a ninguno de los tres les fue suficiente.

Beltrán – Eso no lo sabes. No sabes si podíamos haberles parado el contrataque, ni si hubiesen podido parar nuestro carretón… ¿Y sabes por qué no lo sabes? ¡Porque no lo hicimos ni una puta vez! No te dio la Real gana y punto.

Rus – Pues no. Como ya te he dicho, la conclusión era obvia: había que hacer algo diferente. Lo más diferente posible a lo que ya sabíamos que ellos sabían hacer… Vaya, ahora no sé si me he liado…

Beltrán – Un poco. Pero da igual, te he entendido. Vamos, que te acojonaste.

Rus – Pues mira cara burro, te voy a ser sssincero…

La borrachera de Rus era notoria. Con la cabeza ladeada sobre la oreja derecha de su sillón y con los ojos prácticamente cerrados, continuó hablando cada vez más lento y torpe.

Rus - … la verdad es que al principio sí estaba acojonado, y seguramente por eso mi subconsciente entró en acción y tomo el papel protagonista. La intuición me dijo que virara el barco ciento ochenta grados, y para… para cuando mi conciencia despertó del shock, mis manosss… ya estaban… en el ti… en el... timón.

Beltrán espero quince minutos más en el salón, saboreando el wiski y viendo a su amigo roncar. Después se levantó despacio y caminó tambaleándose en dirección a la puerta. Justo antes de salir se volvió hacia Rus y habló en voz baja.

Beltrán – Gracias viejo amigo. Otro classic estupendo.




<<<<< FINAL >>>>>



miércoles, 2 de octubre de 2013

Artículo vintage


En esta entrada he decidido sacar a luz uno de los primeros artículos que escribí hace ahora doce años. Era muy joven y, como mi gran amigo JuanVi me dijo una vez, muy dogmático. Ya me disculpareis.

La razón de ponerlo aquí y ahora no es simple. Quería homenajear de alguna forma el proceso por el que los entrenadores pasamos durante toda nuestra vida deportiva formando nuestro carácter y nuestro estilo. A veces vamos de un extremo al otro del péndulo de la metodología, y sabemos que en el centro está la virtud, pero nadie nos dice nunca dónde queda ese preciado término medio.




1.550 RECETAS DE TARTAS Y DE JUGADORES DE BASKET



Está claro que el título del artículo no es de los más técnicos que se pueda encontrar, pero si estás leyendo estas líneas, habrá cumplido su función. Éste es un texto sencillo donde me gustaría reflejar de forma amena mi concepto personal de lo que es la formación progresiva de un jugador de baloncesto. Además pretendo hacer una crítica a la explotación prematura de jóvenes con el único fin de aumentar el rendimiento del equipo en la competición. He decidido compararlo con una receta culinaria para representar metafóricamente unos aspectos concretos con el fin de hacerlo más gráfico y divertido. Por otra parte he de decir que soy entrenador de baloncesto pero no soy repostero, por lo que puede ser que los detalles de las recetas que exprese no sean del todo “digeribles”, pero es la comparación lo que realmente nos ocupa.


          Empezaremos con alguna idea general sobre la elaboración de tartas. Por ejemplo, los constituyentes del dulce, o sea, los ingredientes, son unos específicos para cada tipo de tarta, en unas proporciones exactas y mezclados en un orden concreto con técnicas muy precisas. Pues bien, estos ingredientes en los jugadores son todas aquellas cosas le forman técnica, táctica, física y psicológicamente. Son diferentes para cada tipo de jugador y su aprendizaje se realiza en un orden concreto y bajo unas técnicas metodológicas adecuadas. Todo esto es sinónimo del principio de individualidad de la metodología. Cada jugador es diferente y por tanto, si queremos que llegue a alcanzar su máximo tendremos que prepararle un plan específico personal (equivalente a la receta propia de cada postre).


          Así, otra metáfora apropiada es: ¿qué hace que una tarta sea buena? En primer lugar, la calidad de sus ingredientes, que no la cantidad de los mismos. Recuerdo ahora una tarta buenísima que hacía mi madre sólo con galletas y chocolate. Y en segundo lugar, la calidad de la preparación, la cual depende del hacedor. Sobre este punto haré mención más tarde. Así mismo, trasladando el ejemplo a nuestro deporte, diré que la calidad de un jugador depende de la calidad de sus conocimientos (no tanto del número de éstos) y de la perfecta integración de los mismos al juego real, la cual está íntimamente relacionada con su proceso de aprendizaje. Es por todo esto que el entrenador tiene un papel fundamental en la formación, ya que es el planificador de las estrategias  a seguir para educar deportivamente y es, en gran medida, transmisor de conocimientos. Nuestro papel como chef en la elaboración de jugadores es decisivo para el sabor final del pastel.


          Volviendo a la idea de la forma de intervención del hacedor, diremos que cuantas más tartas prepare el cocinero, mejor le saldrán las siguientes, siempre y cuando aprenda de sus errores. Es triste pero es así. Cualquier repostero necesita equivocarse en muchas tartas para que le salga alguna bien. Por suerte, aún cuando se cometen errores graves, hay ciertas tartas que sí salen buenas. Éstas, sin duda, sobreviven gracias a la excelente calidad de sus ingredientes.


          La última comparación que voy a plantear es la más esclarecedora y concluyente. Algo que todo cocinero sabe es que la tarta no estará preparada y con su sabor óptimo hasta que no haya concluido definitivamente su proceso de elaboración. El maestro culinario no pretende que el suculento postre sepa bien desde el mismo momento que empieza a confeccionarlo. Él sabe que, aunque lo pruebe mientras lo hace a modo de feed-back, el sabor que se busca no llegará hasta el final, una vez haya reposado, la hayan horneado o congelado. Así, a un jugador no se le puede pedir que cumpla su finalidad (ser productivo, ganar partidos, meter más canastas, etc) hasta que no haya madurado. Un joven no termina nunca su formación, pero sí llega a un punto en el que está mucho más definido. He aquí la idea más importante del artículo. En las edades de formación, lo que hay que perseguir es esto mismo, la formación. Todo entrenador puede aplicar recursos que para aumentar el rendimiento de su equipo de cara a la competición, pero esas estrategias siempre van en detrimento de la formación máxima, a pesar de obtener excelentes resultados a muy corto plazo. En definitiva, si nos saltamos pasos en la elaboración de una tarta, seguramente la terminaremos en mucho menos tiempo, pero su calidad estará claramente disminuida. Buen provecho!!!.
  
Andreu Rodilla
 Alicante a 6 de Marzo de 2001

lunes, 30 de septiembre de 2013

"competitividad bien entendida"


No podría concretar el momento exacto en el que cambié mi concepto de la competitividad. Estoy casi seguro de que fue un proceso de unos pocos años durante los que conocí a ciertos entrenadores que captaron mi atención. Sus convicciones y actitudes hicieron que se despertaran las dudas más existenciales que había tenido hasta la fecha: ¿Era yo competitivo? ¿Era un ganador? Estaba claro que ellos lo eran, y además, que solo querían gente con este perfil en sus equipos. 

Ya en mis primeros años de jugador era capaz de hacer este razonamiento: ser un ganador evidentemente debe significar algo más que ser el que gana siempre, porque mi entrenador pierde los mismos partidos que yo y sí es un ganador y nosotros, en cambio, no. La duda me reconcomía. ¿Qué significaría ser un ganador?

Entre otras muchas averiguaciones que tuve que hacer me propuse comparar en qué éramos distintos mi entrenador y yo durante los partidos, y pronto aparecieron las respuestas. Los dos perdíamos, pero él no se conformaba. Su actitud y la mía cuando fallábamos eran muy distintas. Yo me hundía, él explotaba. Yo pensaba en el error y a él se le encendía la pasión. Todo tenía que ver con las expectativas. Aprendí que un ganador debe afrontar los retos convencido de su capacidad para ganar. CONVENCIDO DE SU CAPACIDAD. Y bajo estas circunstancias, la derrota o el fracaso son sensaciones temporales, que como las nubes de la tormenta, terminan pasando y dejando brillar otra vez la clara convicción de que eres capaz de hacer lo que sea necesario para ganar la próxima vez. Así, mi duda quedó resuelta.

Pero mi sinuoso camino por las tierras de la competitividad no había hecho nada más que comenzar. Ya como entrenador me vi en la necesidad de trasmitir la mentalidad competitiva a mis educandos. Nuevos y grandes retos con los que aun hoy sigo lidiando. No se convence a alguien de que sea más competitivo leyéndole la definición de un diccionario. Posiblemente a ser competitivo se aprende chocando con alguien más competitivo que tú. Chocando y quedando enganchado, como me pasó a mí. Pero no quiero ahondar en este punto ahora.

Sí querría extraer una idea de los párrafos anteriores. Los entrenadores a menudo pedimos a los jugadores que se muestren con una mentalidad que no comprenden bien. Y lo peor es que nosotros, no los entrenadores sino los adultos, tampoco. La competitividad es defendida por unos y criticada por otros. En el mundo empresarial y político parece que la competitividad es el mal sistémico que hace emerger la corrupción y los egos. La gente dice de alguien que es competitivo para referirse a él como un trepa. Curiosamente, cuando se quiere especificar que se trata de una persona tenaz y eficiente se utiliza la expresión “competitividad bien entendida”. ¿Qué significa eso exactamente? ¿Es que saben que la otra acepción está equivocada? No lo creo. Más bien parece que se refieren a una competitividad light, baja en agresividad y 0% de materia tramposa. Como si el energúmeno enfurecido fuera demasiado competitivo… pero yo no creo que se pueda ser demasiado competitivo. Y eso es porque mi competitividad se basa en el mérito, no en la estadística.

No se trata de ganar, sino de merecerlo. Se trata de luchar por merecer ganar. Ganar en puntos, en defensa, en actitud y en cada cosa que importe. Consiste además en reconocer que la derrota es justa si tu rival demuestra ser mejor que tú. Y que una derrota justa conlleva el derecho de revancha. En cambio, que una victoria no merecida obliga a llevar el peso de la duda eternamente y sin opción de redimirse.

Y este modelo de competitividad, que hace convivir el cumplimiento de las reglas y la exploración de nuestros límites, puede y debe ser uno de los valores principales que los chicos deportistas pueden transferir a su vida fuera de las pistas. Su rendimiento académico será óptimo cuando no busquen aprobar sino merecer aprobar. Y no exijan cosas en casa que saben que no merecen. Y en el futuro, como trabajadores, compitan por un puesto de trabajo haciendo méritos y no trampas. Yo solo conozco una forma de competir, luchando por ser el que merezca ganar. Porque no estoy hablando de ganar y perder sino de éxitos y fracasos.

Para concluir, y por si aún quedan dudas sobre la gracia de la palabra competir, que escépticos nunca faltan, añadiré que su origen etimológico es latino, competere, y significa textualmente "esforzarse conjuntamente". La competitividad es el motor principal del aprendizaje, pues nos impulsa a querer ser más de lo que somos a través de lo que nos rodea. Tal y como yo lo entiendo, cuando dos equipos compiten, o cuando dos jugadores entrenan juntos, lo que persiguen es el crecimiento personal, el cual solo es completo si se gana y se pierde, y bajo este prisma no cabe el miedo a la derrota.


sábado, 4 de mayo de 2013

Partiendo de cero I. La toma de decisiones.



        Empecé a entrenar con 14 años. Un par de años antes había conocido al que fue la razón de mi oficio, David, mi entrenador. Para mí los primeros años fueron como una explosión de conocimientos. Cada día aprendía conceptos nuevos, palabras técnicas y ejercicios imposibles. Casi todo tenía que ver con el juego, con la técnica y la táctica, términos confusos para mí en aquel momento. Como si de un saqueo postapocalíptico se tratase, yo entraba en los entrenamientos de los demás a quedarme con todo lo que me abarcase. Como si no fuese a verles entrenar nunca más. Para mí, aquellos sabios tenían bibliotecas enteras dentro de su cabeza y yo sólo estanterías vacías. No necesitaba un criterio para seleccionar la información. Todo era nuevo. Todo iba para adentro.

        Con el paso del tiempo y el ejercer de mi función fui llenando mis propias librerías. Organizando aquellos conocimientos, como si anduviera por los pasillos de mi biblioteca, fui descubriendo la necesidad de organizarlo todo por categorías. Cada vez que aprendía algo nuevo sentía la necesidad de relacionarlo con todo lo demás. Quería encontrarle un sitio donde alojarlo dentro de la ciudad de mis ideas. Creé una sala para los sistemas, otra para los gestos técnicos, los aspectos psicológicos, la condición física... 

        Estas salas han sufrido numerosas reformas a lo largo de mi experiencia. He tirado tabiques, he separado estancias, todo un sinfín de reorganizaciones mentales que siguen en perpetuo cambio. Pero fue a raíz de conocer a otro de mis gurús cuando descubrí algo nuevo que iba a cambiar mi concepto compartimentado del saber baloncestístico.

Alfredo hizo que me diera cuenta, entre otras muchas cosas, del papel que juega la metodología en todo esto. Hasta ese momento esta parcela era sinónimo de ejercicios, sesiones o formas de trabajar. Pero la convivencia con este genio y el contacto directo con su trabajo me reveló el verdadero potencial organizador del método. En esencia, la metodología debe ser el eje vertebrador del aprendizaje técnico-táctico. Todo lo que se puede hacer en una pista está relacionado con el resto de los elementos. Todo está conectado y la mejor manera de llegar a jugar de forma eficaz es conocer esas conexiones y saber avanzar por la ruta que nos marcan. Estoy hablando de la toma de decisiones como elemento diferenciador en la metodología a emplear.

        No pretendo aquí discutir el papel de la ejecución técnica o la importancia de la percepción y la evaluación. Todo ello es consustancial al hecho táctico y, evidentemente, su mejora tendrá efectos positivos en el rendimiento en el juego. Pero yo apuesto por la toma de decisiones como centro del sistema porque, bajo la perspectiva del baloncesto de formación, el conocimiento de la lógica interna del juego no limita las capacidades de los practicantes. De hecho, las potencia. Será necesario un profundo conocimiento de sí mismo y un apropiado razonamiento lógico, pero ningún jugador quedará excluido del juego por sus características personales. Y no olvidemos que el fin último de la mayoría de entrenadores de baloncesto es hacer que el juego sea lo más disfrutable y enriquecedor posible para nuestros jugadores.

      Así, la lógica interna del juego fue el segundo regalo más grande que este mi maestro me dio.  Para conocer el primero tendrás que releer Cartas a mi entrenador, volumen 1.

       

martes, 22 de febrero de 2011

Dos caras


Hoy tengo dos caras, y no sé cuál escoger. Siquiera sé si me dejan elegir.

CARA A

He cumplido treinta años este mes. Y sí, noto que me hago viejo. Espero que los mayores de treinta que estéis leyendo esto no hayáis caído en la tentación de pensar que estoy exagerando. No pretendo compararme con nadie más que conmigo mismo. Y ante eso no podréis quitarme la razón: Soy más viejo que el año pasado y encima lo noto. Pero no es este tema el que me divide. Aquí solo (sin acento) tengo una cara. Pero esto sí que me da para explicar algo qué he aprendido en este tiempo: ¡A tragar!.

Sobretodo en mi vida profesional he sufrido bastantes situaciones de estrés. No mío, sino circunstancial. Conflictos con los que lidiar de índole ética, moral o como queráis llamarlos. Y cuando recuerdo mis sensaciones y reflexiones de las primeras veces ( conflictivas, se entiende.) me doy cuenta que he adquirido una nueva habilidad: La ya antes mencionada tragar. No quiero que malinterpretéis. No es que me haya vuelto un culo fácil. Es que he descubierto una posible solución más a los conflictos. Y esquivo el llegar hasta ahí. Y me duele hacerlo tanto como la primera vez que tragué. Diría que hasta le doy más vueltas a los problemas éticos que al principio. Pero ahora intento verlo desde más ángulos. Y además, contemplo una solución posible más.

Las razones que me llevan a tomar muy de vez en cuando la decisión de tragar no son éticamente aceptadas por la conciencia que me gustaría tener, pero suelen tener el mismo peso que con las que sí me siento cómodo. Y no nos vamos a engañar a estas alturas, es más práctico tragar en determinadas ocasiones. A menudo pienso si madurar no será un eufemismo de "volverse práctico" o incluso de "volverse productivo".

CARA B

Como casi empre, más corta que la A. Y viene a decir que me gustaría compensar el regalo fraudulento que os he arrojado en las líneas anteriores con una frase de alguien del que me encantaría recordar su nombre. Recuerdo dónde la escuche pero no su autoría.

"El hombre sensato es aquel que trata de adaptarse al mundo que le rodea. El hombre insensato es el que pretende cambiar el mundo para adaptarlo a él. Por tanto, todo progreso del mundo está en las manos de los hombres insensatos."

martes, 28 de septiembre de 2010

The rules are the rules


   Cuenta uno de mis mejores amigos y, sin duda, uno de mis entrenadores de referencia, que con esta frase ("the rules are the rules") vociferaba por la banda como un energúmeno Charlie Sainz de Aja al tiempo que se dirigía al árbitro de un encuentro de los famosos Junior de Oro. Esta anécdota en forma de cita célebre, muy interesante en su contenido cómo la mayoría que recuerdo de este colega, es la esencia de esta entrada, que bien podría ser un resumen de lo tantas veces comentado con él.

   El baloncesto cuenta, en mi opinión, con uno de los mejores reglamentos de deportes colectivos. Esto es tanto en su forma como en su contenido. Y queda patente desde su primera lectura que no es, ni de cerca, fácil de digerir. Si bien una vez entrados en faena su elegancia y concreción dejan ver que a poco que uno se esfuerce en comprender y visualizar lo allí expuesto, el propio reglamento se muestra como una valiosa herramienta con la que trabajar en pro de la formación de los jugadores jóvenes. Y es que, ¿cuántos de nuestros chicos y chicas se han leído las reglas de este juego?


   Sí. Soy consciente de que mi propia descripción del mismo reglamento en el párrafo anterior no es la de un texto de lomo blanco de el barco de vapor. Que con menos de quince años su lectura puede suponer un problema  de comprensión y, lo que es peor, de motivación. Pero para esto estamos los entrenadores. Seamos un facilitador de su aprendizaje. Llevemos a la práctica lo que allí dentro está descrito.

   Pero, ¿Cuántos entrenadores nos hemos leído el reglamento? Y me refiero a una vez terminados los cursos de entrenador... ¿Cuántos lo hemos intentado analizar o le hemos preguntado las dudas a algún compañero árbitro? Es para mi chocante ver año tras año, tanto en mis equipos como en los grupos de campus, como los niños creen que en el reglamento pone que "no se pueden dar más de dos pasos" o que "falta personal es pegar o empujar a un contrario". Y aquí surge el verdadero problema, porque el reglamento va unido inherentemente a la técnica individual además de a la táctica y la estrategia en algunos aspectos. El establecimiento del pie de pivote (art. 25.2.1) o el principio del cilindro (art. 33.1) son artículos interesantísimos y fundamentales sobre los que podrían versar nuestro ejercicios de traspiés, reversos, recursos de desmarque en el poste bajo, desplazamientos defensivos, etc. Y me refiero a evolucionar en la manera clásica de entender el trabajo de la técnica individual. Porque si el reglamento evoluciona, no sólo los gestos han de evolucionar, sino también la manera de entrenarlos.

   Recuerdo el día que conseguí mis primeras Reglas Oficiales de Juego. Fue en Carolinas una tarde en la que no había casi nadie en el club. Me acerqué a la oficina y vi un montón de estos libretos que edita la FBCV encima de la mesa. Me imagino que serían para repartir a los entrenadores, pero como yo sabía que tarde o temprano acabaría siendo miembro de la secta, entré a hurtadillas y, haciendo gala de la fama de los de mi club, me lleve uno a casa. Lo subrayé en amarillo fosforito de cabo a rabo. Luego descubriría que ese papel satinado donde casi puedes verte reflejado y las marcas de estudio no se llevan muy bien. Aún así, con mi balón Grouxo y con ese cuadernillo de subrayados difuminados, me bajé a mi canasta improvisada (algún día os hablaré de ella) y practiqué durante días aquellos gestos que me gustaban y que ahora ya podía desmenuzar y deformar hasta conseguir gestos nuevos sabiendo a ciencia cierta los límites de las reglas que lo componían.

   Hoy en día cualquier chic@ que quiera puede bajarse el reglamento en pdf con solo teclear "reglamento fiba" en Google. No hace falta delinquir. Así que, aunque no lleguemos a provocar en los jugadores la búsqueda de lo creativo que hay en explorar los límites de las reglas, creo que sí tenemos el deber lógico de difundir el respeto que se debe tener por nuestro reglamento, pues en él están guardados no sólo todos los gestos y recursos que nos han causado el amor por este deporte, sino también todos los que están por llegar.

lunes, 9 de agosto de 2010

Oda a un gurú


Yo he visto cosas que vosotros no creeríais...

He visto a un equipo que entrena bien. He visto a un grupo de jugadores que creen en su entrenador y no necesitan evaluarle a diario. He visto a un entrenador crecer junto a su equipo, un paso por delante de ellos y marcando un ritmo alto. He visto una discusión en un entrenamiento porque nadie quería descansar y he visto a unos jugadores improvisar un ejercicio para poder entrenar el contenido que su entrenador les acaba de aportar.

... todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. ¡ Es tiempo de morir!

viernes, 12 de febrero de 2010

Cartas a mi entrenador, volumen 1


   Hola entrenador,

   ¿Te acuerdas del primer entreno juntos? Era el seis de agosto a las seis de la tarde de hace unos años. Nunca me olvidaré. ¿Recuerdas lo que hiciste cuando nos presentaron? Te agachaste casi de cuclillas, con las manos apoyadas en las rodillas y me miraste fijamente a los ojos. Estabas mucho más tranquilo que yo y no parabas de sonreír. Tu pelo se movía con el viento y recuerdo que usaste la mano derecha para ponerte el flequillo detrás de la oreja y me dijiste tu nombre. Luego extendiste esa misma mano hacia la mía y me la estrechaste con una mezcla de fuerza y cariño. Más tarde descubrí que esa era tu seña de identidad. Así te gustaba entender el baloncesto y así nos tratabas ante los errores. Hostias con cariño, te gustaba llamarlo. Lo echo de menos. Y no sólo en mis entrenamientos de ahora, sino en el resto de cosas que me pasan. Sabes, creo que la vida sería un lugar mejor si a todo el mundo nos hubiesen educado bajo esa premisa. Sentir el calor de quien te enseña algo ayuda a comprender que no es tan grave estar en un error. Ayuda a disipar el miedo que da lo desconocido y se está mucho más dispuesto a escuchar cosas que atacan tu conducta. No te sientes atacado como persona, pero comprendes la importancia de obrar mal y asumes tus actos. Lo desconocido se hace atractivo y lo rutinario, apasionante. Gracias entrenador. Seguimos en contacto.