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sábado, 19 de septiembre de 2015

Prohibiendo prohibido prohibir

Permítanme los mayosesentayocheros la licencia del encabezado, que no por jugar uno con las palabras puede descuidar el mensaje. Soy prácticamente todo un firme defensor del cuestionamiento de la autoridad per se y blablablá… No, en serio, sí soy practicante del liderazgo que propone y no que impone, pero tengo mis matices. Mis sombras, lo llamarían los puristas de la metodología abierta y global. Y es que yo no soy un teórico ni un revolucionario. Yo soy entrenador. Y por encima de mis ideales pedagógicos está mi compromiso de velar por la integridad del grupo y por el aprovechamiento del tiempo que los jugadores ofrecen. Y la buena dinámica nace en el respeto y la confianza. Pero no en la versión cursi de cada una de esas dos palabras. En la más ruda y soez. El respeto del que os hablo se gana con cada vuelta de tuerca que se da a tiempo. Y para apretar ciertas tuercas en ciertos momentos tensos, física y emocionalmente, hay que hacer mucha, mucha fuerza. Por otro lado, la confianza no se debe confundir con confidencia. No es necesaria una amistad para generar la creencia en los otros de que estás capacitado y motivado para hacerles subir de nivel.

Cuando trabajas a partir de la toma de decisiones, del juego abierto que obliga a pensar, el respeto ante las soluciones que proponen los demás es fundamentales. Para generar estas dinámicas se debe crear un clima de confianza en el que los jugadores no se sientan piezas de ajedrez movidas por la gran mano, sino los mismísimos Vengadores reunidos con el propósito de salvar a la humanidad, armados con diferentes súper poderes y con un algo personal que los hace únicos… -Vale, quizá la metáfora se me ha ido de las manos, pero seguro que captas la idea.-

Lo que vengo a decir es que para que todo esto pueda darse en la pista es necesario que exista un código compartido por entrenadores y jugadores, como deportistas con mayúsculas. Podría tratarse de un código ético, que nos dicta desde nuestro interior cuál es la conducta adecuada en cada circunstancia, pero yo lo veo más como un código de circulación. 

Cuando vamos con el coche siempre debemos seguir dos reglamentos: el de tráfico y el del manual del coche. Para conocer el primero es necesario saber reconocer unas decenas de señales de tránsito. Entre ellas, el ceda el paso y el stop. Ambas pertenecen al grupo de las obligaciones. Pero hay una diferencia enorme entre ellas desde el plano metodológico. El stop te obliga a realizar una acción determinada: detener el vehículo. El ceda, en cambio, te otorga la responsabilidad de decidir qué debes hacer con tu coche con el objetivo de no interferir en el paso de otros vehículos. Podríamos decir que el Ceda es constructivista y el stop es un mando directo.


Y aquí mi reflexión la cual ocasionó el título del artículo: ¿no preferís un código de circulación con stops? Yo sí, sin duda. Y es que si alguien versado en temas de accidentes ha decidido que es mejor que en ese sitio yo no tome ninguna decisión y que obedezca sin rechistar deteniendo mi vehículo, yo que tengo confianza en él, le hago caso. Por mi bien y por el de la dinámica general. Así que, sí. En ciertos casos me he visto delante de mis jugadores prohibiendo prohibido prohibir.

jueves, 6 de agosto de 2015

Entrenar los detalles



Hace poco leí un artículo acerca de un estudio realizado con el fin de comprobar si existía una correlación entre lo que la gente cree que sabe y lo que en realidad sabe. Es decir, si la sensación de competencia está ligada a la propia competencia. Las conclusiones del estudio, aunque bajo mi punto de vista estaban excesivamente generalizadas, venían a decir que cuanto más expertos somos en una materia más tendemos a ser prudentes a la hora de mostrar nuestros conocimientos; y por el contrario, cuanto menos sabemos de algo más nos atrevemos a dárnoslas de listo.

Puede que estés pensando que no es un gran descubrimiento. El solo sé que no sé nada nos acompaña desde los tiempos socráticos y la ignorancia hace la felicidad parece la máxima que paradójicamente nos venden en los actuales medios de comunicación. Pero no es de la parte filosófica de la que quiero escribir (sin que sirva de precedente). Quiero hablar de los detalles en el juego. De esos que los entrenadores solemos hablar cuando interrumpimos ejercicios de juego fluido y os cortamos el rollo; de esos que corregimos poniéndonos en medio del campo haciendo el ridículo y posando como si nosotros sí supiéramos hacerlo; de esos que muy pocos jugadores parecen valorar en su justa medida.

Como es habitual en mis entradas, a mitad de ellas debo preguntarme algo. En este caso es evidente qué pregunta hay que hacer: ¿qué son los detalles en el juego? Y como también es habitual no tengo una respuesta clara a esa pregunta. Tengo algo diferente: una metáfora. O una comparación, o simil, o como se llame.

Cada gesto técnico, cada táctica, incluso cada emoción asociada al juego son como estructuras fractales. Lo primero que percibes de ellos es una forma general. Cuando quieres acercarte un poco más y empezar a ver cómo están formados te das cuenta de que hay mucho más. Entre cada dos puntos que antes creías continuos ahora no solo hay un espacio infinito entre ellos sino que, además, esconden miles de otros puntos que están igualmente a infinita distancia unos de otros. Esos son los detalles. Y por eso nunca se acaban. Cuantos más conoces, más aparecen nuevos. El conocimiento es fractal.

Entrenar de forma individual ayuda a apreciar esto. Con el equipo no hay tiempo para reflexionar sobre estos aspectos. Ya sea por la presión social o porque otros objetivos más cortoplacistas invaden el subconsciente, los pocos jugadores que han llegado a comprender y valorar esta situación son los que están habituados a entrenar solos. Y esto se nota en cada ejecución que hacen, en cada cara que ponen y sobretodo en su amor incondicional al juego. Y por incondicional quiero decir que saben anteponerlo a cualquier otra memez de las que distraen a los deportistas no tan grandes. El conocimiento del juego en profundidad es una tarea tan absorbente y gratificante que si la desempeñas, no necesitas ninguna otra con la que motivarte ni a nadie que te dé palmaditas en la espalda.

Os deseo a todos los jugadores que me estáis leyendo que encontréis vuestros detalles. Aquellos que más os seduzcan. Y que le deis al zoom para multiplicar la diversión. Justo como en este conjunto de Mandelbrot:





viernes, 31 de octubre de 2014

Dos maneras diferentes de obtener ventajas: el sisteming y la estrategia consciente.


Los sistemas de juego suelen ser, en esencia, una concatenación de situaciones estratégicas que a su vez están compuestas por medios tácticos colectivos. Cada una de estas situaciones tiene unos espacios determinados de juego, unas opciones favoritas y una intención final. Así, un sistema largo suele estar edificado sobre la idea de que la posición final de los jugadores tras la primera situación es la idónea para el inicio de la segunda situación, y el final de esta para el comienzo de la siguiente. Pero, hay dos maneras de jugar cualquier sistema. Podríamos decir que existen dos actitudes diferentes de juego que cambian por completo la esencia del sistema. Están las hormigas y los leones. Empecemos con las primeras.

El comportamiento de un hormiguero siempre se ha puesto como ejemplo de trabajo en equipo. Cada hormiga tiene su rol y se entrega a él total e inconscientemente. Son como engranajes perfectos de un motor que asegura la subsistencia de la especie. La exploradora, explora; la obrera, obra; y la reina, reina. Siguen un papel dentro de un plan general que –y aquí viene lo bueno- ninguna de ellas conoce en su globalidad. Los insectos no tienen conciencia. El instinto les guía de forma automática. Son efectivos pero ajenos a ello.

Los leones cazan en manada. Tienen estrategias diferentes para su fin que cambian en función del número de miembros de la manada, la situación geográfica, el tipo de presa y la urgencia de su cometido (del hambre que tienen, vamos). Además, para cada estrategia el líder de la manada establece unos roles diferentes. Puede que utilicen el terreno elevado para atacar, puede que acorralen a su presa en un pasillo estrecho y puede que le hagan correr hasta el campo abierto para favorecerse de su velocidad, pero a diferencia de las hormigas, ellos nunca olvidan su intención final. Si en medio de la persecución la presa se resbala y cae, los leones no siguen con su estrategia planificada. Solo aprovechan la ocasión. Y aquí no importa su rol. Si pueden, muerden. Yo le llamo estrategia consciente.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Artículo vintage


En esta entrada he decidido sacar a luz uno de los primeros artículos que escribí hace ahora doce años. Era muy joven y, como mi gran amigo JuanVi me dijo una vez, muy dogmático. Ya me disculpareis.

La razón de ponerlo aquí y ahora no es simple. Quería homenajear de alguna forma el proceso por el que los entrenadores pasamos durante toda nuestra vida deportiva formando nuestro carácter y nuestro estilo. A veces vamos de un extremo al otro del péndulo de la metodología, y sabemos que en el centro está la virtud, pero nadie nos dice nunca dónde queda ese preciado término medio.




1.550 RECETAS DE TARTAS Y DE JUGADORES DE BASKET



Está claro que el título del artículo no es de los más técnicos que se pueda encontrar, pero si estás leyendo estas líneas, habrá cumplido su función. Éste es un texto sencillo donde me gustaría reflejar de forma amena mi concepto personal de lo que es la formación progresiva de un jugador de baloncesto. Además pretendo hacer una crítica a la explotación prematura de jóvenes con el único fin de aumentar el rendimiento del equipo en la competición. He decidido compararlo con una receta culinaria para representar metafóricamente unos aspectos concretos con el fin de hacerlo más gráfico y divertido. Por otra parte he de decir que soy entrenador de baloncesto pero no soy repostero, por lo que puede ser que los detalles de las recetas que exprese no sean del todo “digeribles”, pero es la comparación lo que realmente nos ocupa.


          Empezaremos con alguna idea general sobre la elaboración de tartas. Por ejemplo, los constituyentes del dulce, o sea, los ingredientes, son unos específicos para cada tipo de tarta, en unas proporciones exactas y mezclados en un orden concreto con técnicas muy precisas. Pues bien, estos ingredientes en los jugadores son todas aquellas cosas le forman técnica, táctica, física y psicológicamente. Son diferentes para cada tipo de jugador y su aprendizaje se realiza en un orden concreto y bajo unas técnicas metodológicas adecuadas. Todo esto es sinónimo del principio de individualidad de la metodología. Cada jugador es diferente y por tanto, si queremos que llegue a alcanzar su máximo tendremos que prepararle un plan específico personal (equivalente a la receta propia de cada postre).


          Así, otra metáfora apropiada es: ¿qué hace que una tarta sea buena? En primer lugar, la calidad de sus ingredientes, que no la cantidad de los mismos. Recuerdo ahora una tarta buenísima que hacía mi madre sólo con galletas y chocolate. Y en segundo lugar, la calidad de la preparación, la cual depende del hacedor. Sobre este punto haré mención más tarde. Así mismo, trasladando el ejemplo a nuestro deporte, diré que la calidad de un jugador depende de la calidad de sus conocimientos (no tanto del número de éstos) y de la perfecta integración de los mismos al juego real, la cual está íntimamente relacionada con su proceso de aprendizaje. Es por todo esto que el entrenador tiene un papel fundamental en la formación, ya que es el planificador de las estrategias  a seguir para educar deportivamente y es, en gran medida, transmisor de conocimientos. Nuestro papel como chef en la elaboración de jugadores es decisivo para el sabor final del pastel.


          Volviendo a la idea de la forma de intervención del hacedor, diremos que cuantas más tartas prepare el cocinero, mejor le saldrán las siguientes, siempre y cuando aprenda de sus errores. Es triste pero es así. Cualquier repostero necesita equivocarse en muchas tartas para que le salga alguna bien. Por suerte, aún cuando se cometen errores graves, hay ciertas tartas que sí salen buenas. Éstas, sin duda, sobreviven gracias a la excelente calidad de sus ingredientes.


          La última comparación que voy a plantear es la más esclarecedora y concluyente. Algo que todo cocinero sabe es que la tarta no estará preparada y con su sabor óptimo hasta que no haya concluido definitivamente su proceso de elaboración. El maestro culinario no pretende que el suculento postre sepa bien desde el mismo momento que empieza a confeccionarlo. Él sabe que, aunque lo pruebe mientras lo hace a modo de feed-back, el sabor que se busca no llegará hasta el final, una vez haya reposado, la hayan horneado o congelado. Así, a un jugador no se le puede pedir que cumpla su finalidad (ser productivo, ganar partidos, meter más canastas, etc) hasta que no haya madurado. Un joven no termina nunca su formación, pero sí llega a un punto en el que está mucho más definido. He aquí la idea más importante del artículo. En las edades de formación, lo que hay que perseguir es esto mismo, la formación. Todo entrenador puede aplicar recursos que para aumentar el rendimiento de su equipo de cara a la competición, pero esas estrategias siempre van en detrimento de la formación máxima, a pesar de obtener excelentes resultados a muy corto plazo. En definitiva, si nos saltamos pasos en la elaboración de una tarta, seguramente la terminaremos en mucho menos tiempo, pero su calidad estará claramente disminuida. Buen provecho!!!.
  
Andreu Rodilla
 Alicante a 6 de Marzo de 2001

domingo, 27 de marzo de 2011

Cartas a mi entrenador, volumen 3.




Hola entrenador, ¿qué tal todo por tu tierra infinita?

Hoy te traigo un cuento. Sé que te gustan y no se me ocurría un regalo mejor dada la fecha que se acerca. Pagarte con la misma moneda con la que compraste mi pasión.



El escultor de ilusiones


Era el cumpleaños de Mateo. A pesar de sus ochenta y cuatro años, hoy estaba nervioso como un niño el primer día de clase. No era su aniversario lo que le hacía tener las manos sudorosas y la voz quebrada. Era que ese mismo día, después de más de sesenta años de profesión llevada con discreción y anonimato, se exponía su obra en la Galería Nacional de Arte de Huesca. Eran tres bustos y una escultura abstracta que había creado en su taller del pueblo, encerrándose durante horas y gastando su pensión en materiales y herramientas. Pero hoy, parecía que todo ese esfuerzo había tenido su pequeña recompensa. Y al nerviosísmo propio del estreno, también le acompañaba una felicidad profunda que le ayudaba a sobrellevar el estrés del protocolo.

Faltaba sólo una hora para la apertura de la galería cuando su hijo Javier le acercó su teléfono móvil explicándole que tenía una llamada del alcalde del pueblo. Mateo agarró el artefacto electrónico como si de una cerveza se tratase, y poniendo su típica cara de desagrado ante el avance tecnológico, contestó al teléfono con con los mismos nervios que ya traía por la gala más un pequeño extra por recibir tan solemne llamada. La conversación no duró más de un minuto y Mateo le devolvió el teléfono a su hijo mientras le explicaba que Don Leopoldo, el alcalde, quería que se encargase de crear ocho esculturas grandes para poner en las ocho plazas del pueblo. Y que necesitaba la primera de ellas para dentro de dos meses, pues las elecciones estaban cerca y quería hacer un homenaje al escultor más ilustre del pueblo dentro del periodo preelectoral. A pesar de la reacción de alegría que su hijo tuvo al conocer la noticia, esta vez parece que no sirvió aquello de "el entusiasmo se contagia" y Mateo se puso serio. De golpe, todos los nervios desaparecieron y pudo asistir al evento de la galería sin mayor problema. No obstante, parecía distraído. Solo aquellos que le conocían bien sabían que en realidad él ya no estaba en aquella galería. Mateo estaba encerrado en su taller del pueblo desde el mismo momento que había colgado el teléfono.

Las siguientes semanas fueron malas. No sólo se encerró a trabajar unas catorce horas diarias sino que además, en una consulta rutinaria al médico, se le diagnosticó una enfermedad letal y en un estado avanzado. El viejo escultor no hablo a nadie del tema y siguió trabajando. A sólo una semana de la presentación de su primera escultura para el pueblo, recibió otra llamada de Don Leopoldo para explicarle que a pesar de necesitar la obra para el lunes siguiente, su homenaje debía ser retrasado hasta la segunda obra. Eso eran cuatro meses más. Mateo no le dio mucha importancia al retraso del acto y siguió trabajando hasta cumplir el plazo entregando así la primera de las ocho esculturas.

En la presentación de ésta obra estaba todo el pueblo reunido. Era en la plaza del ayuntamiento y la tela que cubría la creación de Mateo dejaba ver una estructura de unos cuatro metros, con picos y ángulos bien marcados. La expectación era notable. Don Leopoldo por un lado y Mateo por el otro sostenían el telón. Ambos estiraron descubriendo así una escultura gris, metálica, de forma hexagonal y que tenía en el centro un cristal translúcido. El pueblo enmudeció. No les gustaba y poco se tardó en que alguien desde el fondo así lo dejase ver. Mateo quedó triste y volvió a su taller a reflexionar. Pasó una mala noche, tanto por su recuerdo de la reacción de su gente como por la tos seca que apenas le dejaba respirar. Esa noche Mateo pensó mucho.

Durante los cuatro meses que le restaban para la entrega de su segunda obra, subió a quince y dieciséis horas diaria su jornada. Esta vez fue un cilindro de poco más de dos metros con un pie de hierro forjado y otro cristal en el interior del tubo. Tampoco gustó y algunos del pueblo empezaban a cuestionarse si debía hacer las seis esculturas que restaban. No obstante, el plan se llevó a cabo con todas las obras acordadas. Una pirámide, una masa informe, unas barras paralelas... todas ellas con un cristal translúcido de aspecto sucio. Todos ellos también contaban con el desagrado del pueblo y todos ellos habían sido causa y consecuencia del deterioro físico que Mateo sufrió durante los cinco años que tardó en acabar.

No había pasado una semana de la exposición de su última obra cuando Don Leopoldo fue a visitarle personalmente para comunicarle que su homenaje por fin tenía fecha definitiva. No pudo decírselo, porque cuando su hijo Javier subió a avisarle le encontró muerto en su cama. Nadie sabía aún de su enfermedad y nadie lo sabría ya de su boca. El escultor había muerto en el primer día de verano del año. Eran las doce del medio día y el sol estaba en su momento álgido. Tal es así que cuando los rayos de luz impactaron verticalmente sobre la primera de las esculturas expuesta en la plaza mayor, un potente arco iris nació en el cristal turbio y se proyectó horizontalmente a lo largo de toda la calle, a escasos centímetros del suelo, y fue a dar en la segunda escultura. Como si de un espejo se tratase, el segundo cristal orientó el haz hacia la calle diagonal. Hasta la tercera. La pirámide hueca recibió el chorro de luz multicolor en su corazón de cristal y lo envió a la cuarta plaza. Una a una se fueron conectando y ofrecieron al pueblo un espectáculo visual que difícilmente podrán olvidar. Era increíble que en un día tan luminoso se pudiera ver con tanta nitidez los colores de la naturaleza, pudiendo acercarte a ellos y tocarlos con la mano. Los niños jugaban a traspasar el haz y los ancianos se acercaban ajustándose las gafas de ver de cerca. El pueblo entero reconoció que aquella era la mejor obra escultórica que habían visto nunca, pues no sólo te permitía verla, sino ilusionarte con ella.

Mateo tuvo un entierro mucho más multitudinario de lo que él jamas hubiera pensado. Y para recordarle, se puso una inscripción en el pie de cada una de sus ocho obras. Todas decían lo mismo: "Nos sirva esta pieza de ilusión para recordar que nuestra obra más grande es la suma de nuestra vida. Los éxitos y fracasos son imperceptibles en la eternidad."


jueves, 24 de marzo de 2011

Apuntes de metodología. Comparación con la construcción de un edificio.



Bajo estas líneas pretendo dar a conocer algunas ideas que me rondan sobre la secuenciación lógica de los conceptos que componen un contenido complejo de la parte de estrategia que puede tener nuestra planificación de un equipo de formación.

No me suelo preocupar demasiado por las planificaciones globales de mis equipos, pero esta vez no me refiero a esos tochos pastandcopyados que se tiene que entregar a los coordinadores antes, durante y después de la temporada. Me refiero a esa planificación corta, mental, que se hace cuando se pretende introducir alguna idea compleja nueva. Algo de estrategia que, sin perder de vista que estoy hablando bajo la perspectiva de la formación, amplía nuestras posibilidades competitivas. En otras palabras, cuando añades una defensa nueva, como una defensa zonal, cuando antes sólo defendías individual.

Y este tema no es fácil de exponer. En realidad, lo que no sé es si yo seré capaz de exponerlo de forma clara y tan organizada como la veo en mi cabeza. Espero que las palabras no le quiten vida a las ideas.

Para empezar, me gustaría comentar un dicho español: "Empezar la casa por el tejado". Sabias como siempre, las expresiones castellanas suelen tener una enorme conclusión si te paras a pensar un poco. Todo el mundo sabe que las casas no se pueden empezar por el tejado. Y creo que todo el mundo también sabe que antes del tejado van los cimientos (fundamentos). Hasta aquí, creo que todos los entrenadores hemos tenido algún pensamiento de planificación cruzado con esta idea... Pero, antes que los cimientos, ¿qué debemos hacer? Pues basta con mirar el mundo de la construcción (o un ideal de lo que debería ser) y darnos cuenta de que antes de los fundamentos de la casa, se hace un agujero. Así de simple. Un agujero. Se cava bien hondo y se te hace ver que ahí falta algo. Eso, traído al basket, yo creo que es "crear una necesidad". Si yo tuviese que introducir una nueva defensa en mi equipo, una zonal, por ejemplo, me aseguraría primero de crearles la necesidad de tener otra defensa diferente a la nuestra, que funcione de bajo otras condiciones y que tenga unas normas de funcionamiento internas diferentes a la defensa par a par. O sea, lo primero, crear una necesidad.

Después, en nuestro edificio en construcción, nos pondremos con los cimientos. Serán resistentes, bien arraigados y además, con el mayor grado de elasticidad y deformación que permita su función de resistencia. Esto son los fundamentos técnicos y tácticos diferentes que componen nuestra defensa zonal. Debemos aprovecharnos de que los fundamentos principales son compartidos con la defensa individual, pero no creo que debamos darlos por sabidos. Yo dedicaría sesiones a remarcar la importancia de ciertos valores, porque los valores también pueden ser parte de fundamentos tácticos, como la responsabilidad individual y el deber de auxilio (ayudas, a fin de cuentas). Y no me limitaría a hacer charlas sobre su importancia y cosas de esas, que también, sino que haría ejercicios de descubrimiento guiado donde la actitud subyacente a la solución óptima sea la sumisión al rol asignado o la colaboración, por ejemplo. Debemos saber que estos valores también deben ser resistentes, estar bien arraigados y ser todo lo flexibles que su seguridad permita. Las excepciones son tan necesarias como la misma norma, pero no deben nunca perjudicar a quienes cumplen la norma.

Hecho y asegurado el armazón de la casa, es la hora de cablear. Hay que interconectar las zonas de la casa y darles una relación interna que las estructure. Un mapa sencillo donde quede claro qué fundamento depende de otro y de qué manera. Por ejemplo, establecer que la luz que le llega a la cocina tiene su origen en el recibidor. O en el basket, que la ayuda es un fundamento que se sostiene y es ejecutable sólo si se cumplen altos grados de responsabilidad individual. Esto es, que si no somos capaces de acompañar al menos el primer bote de una penetración en 6'25 difícilmente vamos a tener a alguien que le de tiempo a hacer una ayuda en condiciones. Y si los fundamentos tenían que ser resistentes, arraigados y flexibles, ahora este cableado debe ser de última generación. Los argumentos que apliquemos para explicar la necesidad de ser fiel a ciertas ideas debe estar actualizado. Ser real y aplicable en el baloncesto de hoy y de aquí.

Con los fundamentos asentados y conectados, es hora de proteger lo trabajado. Hay que recubrir con ladrillo, pintar y colocar los detalles. Determinados gestos que ayudan a conseguir ciertos objetivos. Es la hora de la técnica individual  y colectiva. De optimizar las intenciones con movimientos concretos que aumentan los porcentajes de éxito. Pero no hemos acabado.

Ni la casa es casa ni el sistema es sistema hasta que se inauguran y se ponen en funcionamiento. El acto de inauguración debe ser acorde a la magnitud de la obra. Y en este caso, con un estreno en defensas zonales, yo haría fiesta de protocolo, cortando la cinta, destapando la placa o estampando la botella, pero hay que vender al pueblo (nuestros jugadores) la importancia del evento y del cambio que ello significa para nuestro equipo. Debo ilusionar y mostrarme seguro del producto, sin olvidar que el mantenimiento diario será clave para asegurar la durabilidad de la obra. Pero el trabajo necesario ya no es de creación, sino de cuidado.

Me gustaría concluir la entrada con un resumen de los pasos que he seguido en el proceso.

  1. Crear una necesidad. Aumentar la motivación.
  2. Introducir los fundamentos del contenido. Aquellas ideas sin las cuales el producto final no sirve para lo que fue pensado.
  3. Conectar los fundamentos mediante las relaciones de dependencia que existen entre ellos.
  4. Asegurar el correcto funcionamiento aportando gestos técnicos que ayuden al éxito.
  5. Dar por finalizado el proceso de producción y poner en funcionamiento. Iniciar proceso de mantenimiento.

jueves, 25 de marzo de 2010

Entrenadores y entrenadores




Bajo mi punto de vista no cabe ninguna duda: hay dos tipos de entrenadores. Los de rendimiento y los de formación. Y de este dogma no me apeo.

Hace ya unos años que un colega criticó mi dogmatismo, entonces adolescente. Desde aquel día suelo teñir de gris mis palabras antes de apuntar al pecho de alguien. Y creo que me beneficia, pero hoy, en este tema y después de lo que uno ha cargado sobre su chepa, me dispongo a romper la balanza y decantarme por el absolutismo. Y es porque no creo que esté en manos de un entrenador elegir de que color ve el juego. Al igual que los jugadores, somos el producto de nuestras experiencias e inquietudes. Podemos cambiar nuestras acciones o palabras, pero no nuestras emociones o impulsos naturales. Hay quien ve a los jugadores como piezas de puzzle a encajar con la intención de cumplir un objetivo o una imagen general. Pero hay quien no.

¿Conocéis el Tangram? Es un juego chino muy antiguo consistente en un puzzle de siete piezas con el que se puede formar un cuadrado. Arriba tenéis un dibujo. Pues bien, hay entrenadores que ven a sus jugadores como piezas de Tangram. Todos distintos entre si, con diferentes cualidades pero que combinados de determinada manera, forman un todo sólido y compacto, sin grietas y sin errores. Algunos coaches son increiblemente buenos encajando jugadores. ENCAJANDO.

No obstante, el juego del Tangram no consiste en formar un cuadrado y ya está. Hay muchas más figuras posibles. El gato, el conejo, la pajarita, etc. Yo postulo que existe otro tipo de entrenador diametralmente opuesto al modelo anterior. Un entrenador que cuando mira a sus jugadores les ve como piezas únicas, sí, pero no con un final determinado. Un entrenador que coge las mismas siete piezas del Tangram y un día forma un gato y le enseña a la pieza cuadrada a ser "cabeza" y otro día forma una pajarita le enseña a ser "cola". Crea figuras en las que exige a sus piezas "estirarse" y cambiar para llegar a ser. Y sabe que la figura es menos estable que un cuadrado regular. Y sabe que hay muchas grietas por donde el equipo se puede romper. Pero así lo ve y así se muestra. Como lo que es: un formador. Y esto, por muy gris que me quiera poner, hay quien lo ve y quien no.




miércoles, 10 de marzo de 2010

El aderezo metafórico


Recuerdo vagamente mis clases de literatura en el colegio. Amelia era mi profesora y estaba obsesionada con que aprendiéramos todas las figuras literarias habidas. En el temario, cerca de dos mil diferentes y eso para mi, que odio la tarea memorística, era un auténtico infierno. La encabalgación, la sinécdoque, la prosopopeya, el símil o el cincunloquio son algunas de las palabras que, gracias a mi profesora de enormes gafas y alergia al metal, nunca podré olvidar. Entre todas, la metáfora.

Quién me iba a decir a mi que, unos quince años más tarde de aquellas insoportables clases iba a descubrir que una de las herramientas más útiles para trasmitir información compleja a los jugadores son las metáforas. Con ellas no sólo traduzco a un lenguaje familiar los contenidos que quiero comunicar, sino que además, los impregno de emoción. Las emociones son el pegamento de la memoria. Cuando un recuerdo está compuesto por un contenido y una emoción, éste permanece más sólido en el hipocampo del cerebro, donde la memoria a corto plazo se convierte en largo plazo y se da el aprendizaje en sí. Además se crea una conexión entre esa emoción y ese contenido de tal forma que uno evoca al otro y viceversa. O sea, mediante las metáforas no sólo afianzamos el recuerdo de un contenido; también creamos una ruta de evocación de ese recuerdo a través de la emoción asociada. Ésto puede ser muy útil en determinados momentos.

Me gustaría ejemplificar lo anterior. Una de las metáforas más habituales en nuestra práctica es la de asociar el partido y la competición a un escenario bélico. Es común encontrar referencias a Sun Tzu, Napoleón o William Wallace en las charlas prepartido de la mayoría de compañeros entrenadores. Con esto pretendemos añadir el instinto de supervivencia que en la guerra se respira. "O ellos o nosotros". El misticismo y la trascendencia épica envuelven y elevan los corazones de hasta los más débiles y le da un sentido extra a la tarea a realizar.

Mi propósito en estas líneas es coleccionar metáforas que pueden ser útiles en un equipo de baloncesto. Soy consciente de que la exclusividad del contexto necesaria para que una acción así tenga fruto dificulta el que mis metáforas le puedan servir a alguien más, pero aun así pueden convertirse en una buena base para crear otras propias. Me dedicaré a esbozar las líneas generales de cada similitud y darles el sentido positivo que creo que tienen. El sacarles punta y enmarcarlas en una historia coherente ya será trabajo de cada aquel que quiera servirse.


"ME HE COMPRADO UN JUEGO NUEVO"

El mundo de los videojuegos es apasionante. Hoy en día este negocio ya le ha arrebatado el primer puesto del podio al cine en lo que a beneficios generados se refiere. Es una actividad lúdica que ya no se limita a los niños, aunque sigue siendo en ellos donde encuentra mayor aceptación. Hace poco leí un estudio donde se calculaba que cada niño del mundo desarrollado había pasado una media de casi mil horas delante de la consola durante el pasado año. ¡¡¡ Mil horas !!!.

Lo que esto nos dice es que los videojuegos y el mundo que los rodea es un escenario habitual en el que se desarrollan los niños de hoy. Toman decisiones, aprenden métodos, asumen consecuencias, se adaptan a los cambios imprevistos y todo esto, en un entorno virtual. Si fuéramos capaces de trasferir alguna de esas vivencias al mundo real, nos encontraríamos con que niños de trece o catorce años tienen una gran experiencia resolviendo situaciones complejas, buscando soluciones alternativas a las evidentes y pensando en términos de futuro. Me explicaré.

Fue hace dos temporadas cuando se me ocurrió esta metáfora. Yo entrenaba un equipo cadete de chicos que le dedicaban mucho tiempo a formarse como jugadores, pero, como miembros de esta sociedad que eran, también le dedicaban horas y horas a sus Wii, Xbox, PS2, PS3 y/o PSP. Un día les comenté que me había comprado un juego nuevo. Era uno de esos en primera persona en el que vas recorriendo una ciudad y exterminando todo aquello vivo que encuentras. Les dije que como cada vez que me compraba un juego, lo había probado nada más llegar a casa y había gastado las primeras horas en explorar todas las posibilidades del juego. Apretando botones de formas variadas había conseguido descubrir algún que otro combo, una magia y algún ataque especial. Usando estas primeras herramientas había conseguido hacerme una idea del potencial del juego. Un par de días más tarde pasé al siguiente punto de la rutina que casi todo el mundo sigue con un juego nuevo: empezar la historia. Es entonces cuando dejas a los creadores del juego que te guíen por él. Aprendes los movimientos y ataques en el orden de dificultad creciente, y empiezas a asociar determinados combos con determinadas situaciones idóneas para su uso. Así, lo que puede ser muy útil para derrotar a un mutante gigante puede no servir de nada frente a un duende rosa, por ejemplo... Pues bien, conté toda esta historia a mi equipo para hacerles ver que ellos, cuando jugaban al baloncesto, daba la sensación de que estaban todavía en la primera etapa de un juego nuevo. Exploraban probando a hacer todo aquello que se veían capaces de hacer. Llevaban los gestos y movimientos al máximo de sus posibilidades pero no se preocupaban, TODAVÍA, de encontrar el patrón que dice qué movimiento usar en qué situación. Le dije que todavía no habían empezado el modo historia de este videojuego. Que cada cambio de mano, cada rectificado en el aire, cada bloqueo o cada pase, nacía de una necesidad concreta del juego. Y que ya había llegado el momento de jugar como expertos, no como principiantes.

Mediante esta metáfora conseguí introducirles el concepto de "lógica interna del juego" asociándolo al concepto que ya tenían de "modo historia" en un videojuego. Establecí analogías entre las dos realidades y les hice sentir que ellos ya sabían de lo que les hablaba. Además, es fácil entender que si a un chico de quince años le dices que su forma de jugar, comparándola con las consolas, es de principiante, se sienta herido en su orgullo (especialmente sensible por la etapa evolutiva en la que se encuentra). Emoción y contenido unidos, fue más fácil hacer alusión a la lógica interna en otros momentos de la temporada haciendo referencia a su orgullo de jugadores de consolas.