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sábado, 14 de junio de 2014

Viejas glorias (parte II)

Parte I 


Parte II


Rus – La clave está en lo humano. Es un factor tan importante que no podemos… obviarlo. No importa lo que digan las estadísticas mientras no se lo digan a un humano. ¡Es así de simple!

Beltrán – hmmm… ya veo, ya… ¡¿Pero qué coño estás diciendo?!

Rus – Joder, pues eso. Que el porcentaje de tiro de tres de un jugador solo importa si el que lo lee, lo escucha o simplemente lo sabe, es influido por ese dato. Si no le afecta, la estadística no vale para nada.

Beltrán - ¿Y eso que tiene que ver con lo de hacer “triángulo y dos” sin entrenarlo?

Rus – Pues todo Beli, todo. Cuando me diste el informe y empecé a mirar datos no paraba de pensar que nuestros rivales tenían unos números realmente buenos. Especialmente en los últimos partidos habían rozado la perfección reduciendo el número de pérdidas y con unos porcentajes altísimos de tiro. Se me estaba cayendo el mundo encima… y tú no parabas de hablar de sus últimos rivales y de cómo habían sido incapaces de frenarlos.

Rus hizo una breve pausa para beber. No paraba de dar pequeños sorbos de su wiski. Iba por el tercer doble y no parecía dispuesto a bajar el ritmo. Más bien lo contrario. Beltrán, en cambio, casi no bebía de tragos, solo apoyaba el fino cristal del vaso en sus labios y dejaba que unas gotas de aquel oro líquido resbalaran hasta la comisura de su boca. Luego hacía una especie de balbuceo mudo y tragaba saliva enérgicamente.


Rus – Yo sabía que nosotros no éramos mejores que todos esos rivales… No lo éramos. Y por muy bien que hubiéramos defendido el flash en el bloqueo no lo hubiéramos hecho mejor que el Valencia la semana anterior. Ni podríamos haber cubierto el balance mejor que los vascos. Ni estar más acertados que los canarios. Y a ninguno de los tres les fue suficiente.

Beltrán – Eso no lo sabes. No sabes si podíamos haberles parado el contrataque, ni si hubiesen podido parar nuestro carretón… ¿Y sabes por qué no lo sabes? ¡Porque no lo hicimos ni una puta vez! No te dio la Real gana y punto.

Rus – Pues no. Como ya te he dicho, la conclusión era obvia: había que hacer algo diferente. Lo más diferente posible a lo que ya sabíamos que ellos sabían hacer… Vaya, ahora no sé si me he liado…

Beltrán – Un poco. Pero da igual, te he entendido. Vamos, que te acojonaste.

Rus – Pues mira cara burro, te voy a ser sssincero…

La borrachera de Rus era notoria. Con la cabeza ladeada sobre la oreja derecha de su sillón y con los ojos prácticamente cerrados, continuó hablando cada vez más lento y torpe.

Rus - … la verdad es que al principio sí estaba acojonado, y seguramente por eso mi subconsciente entró en acción y tomo el papel protagonista. La intuición me dijo que virara el barco ciento ochenta grados, y para… para cuando mi conciencia despertó del shock, mis manosss… ya estaban… en el ti… en el... timón.

Beltrán espero quince minutos más en el salón, saboreando el wiski y viendo a su amigo roncar. Después se levantó despacio y caminó tambaleándose en dirección a la puerta. Justo antes de salir se volvió hacia Rus y habló en voz baja.

Beltrán – Gracias viejo amigo. Otro classic estupendo.




<<<<< FINAL >>>>>



lunes, 2 de septiembre de 2013

Viejas glorias


Beltrán No creo que volvamos a vivir una noche así, amigo mío. He tenido grandes partidos, pero ninguno como ese.

Rus Y eso que ya ha llovido desde entonces. Éramos jóvenes y atrevidos. No hemos vuelto a tener otra gloria como esa porque le edad nos ha enseñado a ser aburridos.

Beltrán ¿Qué quieres decir?

Rus No ganamos ese partido por casualidad, Beltrán. Fuimos mejores durante casi todo el tiempo; no les dejamos hacer su juego. Esa fue la clave. ¿Y cómo lo hicimos? Tú lo sabes mejor que yo… arriesgando.

Beltrán - ¡Claro que arriesgamos! No teníamos otra opción de enfrentarnos al todopoderoso Barça, según tus palabras.

Rus Sí teníamos otras opciones. Cualquiera de las que planteamos hoy en día en nuestros equipos. Pero a diferencia de ahora éramos jóvenes y osados. Nos pareció buena idea hacer esa locura.

Beltrán - ¿Nos?
Rus se levantó rápidamente de su sillón y se dirigió al minibar a ponerse otro escocés. Alzó su vaso hacia donde estaba sentado Beltrán ofreciéndose a servirle otra copa.

Beltrán No, gracias. Estoy servido. Me hubiera gustado guardar los vídeos o los papeles del scouting, sabes. Pero soy un desastre. Ya no tengo nada de aquellos años. ¿Tú tienes algo?

Rus No. Ya sabes que no soy de guardar papeles.

Beltrán Ni que lo digas. Ni papeles ni vídeos ni estadísticas.

Rus No fueron las estadísticas las que nos dieron aquel partido. Si fuera por ellas tendríamos que haber perdido de cincuenta puntos por lo menos…

Beltrán ¿De verdad vamos a volver a tener esta discusión ahora? ¡Han pasado treinta años de aquello! Y hasta tú acabas de decir que fue una locura no hacer caso a los datos. Salió bien porque salió bien, pero no le busques argumento convincente.

Rus - ¡Vaya, para no querer hablar del tema has entrado al trapo! Y no salió bien porqué sí. Acertamos en el planteamiento, por arriesgado que fuera. Además, mi argumento no tiene que convencerte a ti, viejo gruñón. Yo sé porque hice lo que hice. Me guie por mi intuición. ¡Ojalá ahora hiciera lo mismo!

Beltrán Una mierda tu intuición. Me había tirado semanas viendo vídeos y recogiendo datos. Hice un estudio de sus puntos débiles que ya quisiera saber hacer mi come-vídeos de ahora. ¿Y tú qué hiciste? Lo tiraste por la ventana. Literalmente.

Rus Jajaja… ¡Ya no me acordaba de eso!... Ejem… em. Estuvo mal.

Beltrán se quedó mirando a Rus durante unos segundos con su famosa mirada de antihéroe enfadado. Luego sacó un hielo de su copa y se lo lanzó a la rodilla.

Rus - ¡Ay! Cabrón, esa es la mala.

Beltrán Lo sé. Mira, lo de tirarlo por la ventana, me da igual. De hecho, me he reído muchas veces contándoselo a otros en plan batallitas. Pero que pasases de mi trabajo, de lo que te decía. No hiciste ni caso. Ni los marcajes, ni las defensas de los bloqueos, ni los sistemas que habíamos entrenado… ¡Todo a la mierda! ¡Tres en zona y dos en ciego! Sin haberlo entrenado. ¡Ole tú!

Rus Los datos no servían de nada. Hablaban del pasado. Ese momento era el presente y no iba a funcionar. Lo sabía.

Beltrán La estadística habla del futuro, Rus. Predice lo que va a pasar y con qué probabilidad.

Rus ¡Ya estamos! El que no quería volver a discutir... Y además, te puedes guardar ese tonito condescendiente. Mira Beli, te lo voy a explicar una vez más, pero si no eres capaz de respetar mi agnosticismo matemático, mejor dímelo ahora y no empiezo.

Beltrán se recostó en el cómodo sillón orejero y guardó silencio por unos segundos.

Beltrán Adelante.


<<< CONTINUARÁ >>>



jueves, 29 de agosto de 2013

Puntos de vista



La historia de Juan

Hoy ha sido un día raro. Clara se ha ido con un pavo de la otra clase y mis padres están súper pesados con que me quieren cambiar la habitación. Además, me han echado del entrenamiento y me han hecho sentir cosas que nunca antes había sentido. Ahora no sé si estoy bien o mal, ni si toda esta mierda ha servido para algo. Creo que lo del equipo es lo que más me jode.

Todo ha empezado en el vestuario, antes de entrenar. Miguel y Carlos estaban fanfarroneando mientras recordaban el partido de antes de ayer y han empezado a mofarse de mi mecánica. Como si yo no supiera que lo que tienen es envidia de que yo meta más triples que ellos… Son muy críos.

Luego ha empezado el entreno y todo ha ido bien durante casi una hora. Hemos hecho ejercicios en media pista al principio y yo me he puesto en el lado donde no estaban estos dos. Pero luego hemos hecho contrataques y partiditos y hemos vuelto a chocar. En mitad de un contrataque Miguel ha dejado de jugar y se ha venido a por mí gritando. Estaba loco y en plan agresivo. Hasta me han salpicado sus babas cuando me ha chillado a un palmo de distancia. Yo le he empujado un poco y le he dicho que de qué iba. Enseguida se ha achantado. Luego ha llegado Fredi y nos ha separado. Yo creía que le iba a echar del entreno, pero para mi sorpresa, nos ha juntado a todos y ha empezado en plan sermón… Y para colmo, cuando termina me mira y me dice “Juan, creo que no estás en las mejores condiciones para entrenar. Dúchate y mañana hablamos”. Me ha dejado roto.


La historia de Miguel

¡Día de locos! Tengo la sensación de haber vivido hoy una de esas cosas que no olvidaré jamás. Y todo gracias a Juan. Aunque él no lo sepa, creo que hoy nos ha hecho vivir algo muy especial.

Quiero hablar con él y explicarle lo que ha pasado. Creo que piensa que le tengo manía o algo, pero en realidad me cae de puta madre. A veces se pone así, como hoy, distraído y pasota, pero en general es muy buen compañero. Siempre ayuda al que ve más chafado y yo hoy he intentado lo mismo con él, pero creo que se ha llevado otra impresión.

Sé que he actuado fuera de la norma hoy, pero creo que Fredi está orgulloso de mí. ¡Lo estoy hasta yo! He conseguido hacer una de esas cosas que siempre nos cuenta en las charlas. Todo eso que dice sobre responsabilizarse del entrenamiento y hacer lo que podamos por enriquecerlo. Además, he tenido la sangre fría de pensármelo bien. Juan llevaba ya media hora empanado, sin esforzarse y pasándose por el forro los sistemas. ¡Si hasta Pancho lo superaba con facilidad! Supongo que habrá tenido alguna movida hoy en casa o con Clara, pero eso no es excusa. Yo sabía que tenía que hacer algo para remediarlo, para que el entrenamiento mejorase. Para mí, la pasividad es altamente contagiosa, y si no se ataca pronto puede producir una epidemia. Así que le he pegado una bronca en medio de un ejercicio. Se lo he explicado claro y alto, para que no tuviese dudas de que era algo importante para mí. 

Quería que supiera que yo ya no me conformo con cualquier entrenamiento. Fredi me ha hecho ver lo divertido que es vivir algo entregándose sin frenos. Y además me ha dado la confianza para expresar lo que pienso. Y si junto esas dos cosas y hago lo que creo que es mejor para el equipo, pasa lo que ha pasado hoy. En el fondo creo que es lo que él estaba deseando que pasase, aunque seguro que mañana actúa como si nada. Es su estilo.


La historia de Fredi

Adoro mi trabajo. Cada día es diferente, nada se repite aunque todo se parezca y a menudo dedico un rato a divertirme jugando a encontrar las diferencias. Por cierto, ¿os he dicho que mis chicos son geniales? Lo son. Ahora veréis lo que me ha pasado hoy.

Uno de mis jugadores ha sabido detectar un problema que no era evidente, luego ha valorado las opciones que tenía sobre cómo actuar en el problema, posteriormente ha tomado una decisión arriesgada y por último ha actuado en consecuencia. Lo increíble no es que haya seguido este proceso, que es casi natural. Lo apasionante es el argumento que le ha llevado a eso. Ha sabido anteponer los intereses del grupo a los suyos propios y los de algún amigo suyo. Miguel sabía que él saldría perdiendo al increpar a Juan, y que este podría salir peor aún, pero ha creído conveniente romper con lo que estaba pasando y actuar de forma libre. Yo definiría su estilo como psico-punk.

Sé que tendré que hablar con Miguel sobre sus formas, pero me parece un tema menor al lado del gran logro que el equipo ha conseguido. Cuando les he pedido que se explicaran después del altercado, Juan seguía en estado de shock y no ha sido capaz de dar un argumento convincente. Miguel, en cambio, estaba cargado de razones, pruebas, argumentos y pasión. Joder, cuando le ha dicho que no estaba dispuesto a permitirle que no diera su máximo por el equipo, casi…

He pensado que lo mejor para Juan era que no siguiera entrenando. Sé que él pensaba que iba a echar a Miguel por gritarle así, como hice con Marcos, pero esta vez era muy distinto. Juan solo era capaz de dar argumentos sobre él, lo injusto que era todo y el respeto que merecía. Estaba frustrado y no era capaz de pensar en los demás y de empatizar con Miguel. Si hubiese seguido entrenando la cosa solo podría haberse puesto peor. Esta misma noche voy a llamarle y a preguntarle cómo lo lleva. Según me han dicho parece que ha discutido con su novia también. Pobre chico, día duro.

domingo, 27 de marzo de 2011

Cartas a mi entrenador, volumen 3.




Hola entrenador, ¿qué tal todo por tu tierra infinita?

Hoy te traigo un cuento. Sé que te gustan y no se me ocurría un regalo mejor dada la fecha que se acerca. Pagarte con la misma moneda con la que compraste mi pasión.



El escultor de ilusiones


Era el cumpleaños de Mateo. A pesar de sus ochenta y cuatro años, hoy estaba nervioso como un niño el primer día de clase. No era su aniversario lo que le hacía tener las manos sudorosas y la voz quebrada. Era que ese mismo día, después de más de sesenta años de profesión llevada con discreción y anonimato, se exponía su obra en la Galería Nacional de Arte de Huesca. Eran tres bustos y una escultura abstracta que había creado en su taller del pueblo, encerrándose durante horas y gastando su pensión en materiales y herramientas. Pero hoy, parecía que todo ese esfuerzo había tenido su pequeña recompensa. Y al nerviosísmo propio del estreno, también le acompañaba una felicidad profunda que le ayudaba a sobrellevar el estrés del protocolo.

Faltaba sólo una hora para la apertura de la galería cuando su hijo Javier le acercó su teléfono móvil explicándole que tenía una llamada del alcalde del pueblo. Mateo agarró el artefacto electrónico como si de una cerveza se tratase, y poniendo su típica cara de desagrado ante el avance tecnológico, contestó al teléfono con con los mismos nervios que ya traía por la gala más un pequeño extra por recibir tan solemne llamada. La conversación no duró más de un minuto y Mateo le devolvió el teléfono a su hijo mientras le explicaba que Don Leopoldo, el alcalde, quería que se encargase de crear ocho esculturas grandes para poner en las ocho plazas del pueblo. Y que necesitaba la primera de ellas para dentro de dos meses, pues las elecciones estaban cerca y quería hacer un homenaje al escultor más ilustre del pueblo dentro del periodo preelectoral. A pesar de la reacción de alegría que su hijo tuvo al conocer la noticia, esta vez parece que no sirvió aquello de "el entusiasmo se contagia" y Mateo se puso serio. De golpe, todos los nervios desaparecieron y pudo asistir al evento de la galería sin mayor problema. No obstante, parecía distraído. Solo aquellos que le conocían bien sabían que en realidad él ya no estaba en aquella galería. Mateo estaba encerrado en su taller del pueblo desde el mismo momento que había colgado el teléfono.

Las siguientes semanas fueron malas. No sólo se encerró a trabajar unas catorce horas diarias sino que además, en una consulta rutinaria al médico, se le diagnosticó una enfermedad letal y en un estado avanzado. El viejo escultor no hablo a nadie del tema y siguió trabajando. A sólo una semana de la presentación de su primera escultura para el pueblo, recibió otra llamada de Don Leopoldo para explicarle que a pesar de necesitar la obra para el lunes siguiente, su homenaje debía ser retrasado hasta la segunda obra. Eso eran cuatro meses más. Mateo no le dio mucha importancia al retraso del acto y siguió trabajando hasta cumplir el plazo entregando así la primera de las ocho esculturas.

En la presentación de ésta obra estaba todo el pueblo reunido. Era en la plaza del ayuntamiento y la tela que cubría la creación de Mateo dejaba ver una estructura de unos cuatro metros, con picos y ángulos bien marcados. La expectación era notable. Don Leopoldo por un lado y Mateo por el otro sostenían el telón. Ambos estiraron descubriendo así una escultura gris, metálica, de forma hexagonal y que tenía en el centro un cristal translúcido. El pueblo enmudeció. No les gustaba y poco se tardó en que alguien desde el fondo así lo dejase ver. Mateo quedó triste y volvió a su taller a reflexionar. Pasó una mala noche, tanto por su recuerdo de la reacción de su gente como por la tos seca que apenas le dejaba respirar. Esa noche Mateo pensó mucho.

Durante los cuatro meses que le restaban para la entrega de su segunda obra, subió a quince y dieciséis horas diaria su jornada. Esta vez fue un cilindro de poco más de dos metros con un pie de hierro forjado y otro cristal en el interior del tubo. Tampoco gustó y algunos del pueblo empezaban a cuestionarse si debía hacer las seis esculturas que restaban. No obstante, el plan se llevó a cabo con todas las obras acordadas. Una pirámide, una masa informe, unas barras paralelas... todas ellas con un cristal translúcido de aspecto sucio. Todos ellos también contaban con el desagrado del pueblo y todos ellos habían sido causa y consecuencia del deterioro físico que Mateo sufrió durante los cinco años que tardó en acabar.

No había pasado una semana de la exposición de su última obra cuando Don Leopoldo fue a visitarle personalmente para comunicarle que su homenaje por fin tenía fecha definitiva. No pudo decírselo, porque cuando su hijo Javier subió a avisarle le encontró muerto en su cama. Nadie sabía aún de su enfermedad y nadie lo sabría ya de su boca. El escultor había muerto en el primer día de verano del año. Eran las doce del medio día y el sol estaba en su momento álgido. Tal es así que cuando los rayos de luz impactaron verticalmente sobre la primera de las esculturas expuesta en la plaza mayor, un potente arco iris nació en el cristal turbio y se proyectó horizontalmente a lo largo de toda la calle, a escasos centímetros del suelo, y fue a dar en la segunda escultura. Como si de un espejo se tratase, el segundo cristal orientó el haz hacia la calle diagonal. Hasta la tercera. La pirámide hueca recibió el chorro de luz multicolor en su corazón de cristal y lo envió a la cuarta plaza. Una a una se fueron conectando y ofrecieron al pueblo un espectáculo visual que difícilmente podrán olvidar. Era increíble que en un día tan luminoso se pudiera ver con tanta nitidez los colores de la naturaleza, pudiendo acercarte a ellos y tocarlos con la mano. Los niños jugaban a traspasar el haz y los ancianos se acercaban ajustándose las gafas de ver de cerca. El pueblo entero reconoció que aquella era la mejor obra escultórica que habían visto nunca, pues no sólo te permitía verla, sino ilusionarte con ella.

Mateo tuvo un entierro mucho más multitudinario de lo que él jamas hubiera pensado. Y para recordarle, se puso una inscripción en el pie de cada una de sus ocho obras. Todas decían lo mismo: "Nos sirva esta pieza de ilusión para recordar que nuestra obra más grande es la suma de nuestra vida. Los éxitos y fracasos son imperceptibles en la eternidad."


miércoles, 3 de marzo de 2010

La tarea encomendada. Parte dos.


"Siempre me gustaron los lunes" le dijo Zacarías a su buen amigo Isidoro. "Tienen algo que el resto de los días no te pueden dar."

"¿El qué?, ¿asco?" Preguntó mofándose aquel albino medio calvo mientras subía la apuesta. Añadió: "veo y subo 500".

"No amigo mío. Asco no. Perspectiva" Susurró con voz temblorosa acercando el vaso de whisky a sus labios y mojándoselos con apenas unas gotas. Después dejó el vaso con cuidado y continuó diciendo con algo más de energía: "Es el único día en el que puedes planificarte toda la semana."

Casi con la última palabra en la boca sonó la vieja campanilla de encima de la puerta que avisaba de que algún cliente entraba en la librería. Isidoro alzó la voz para avisar a quien fuera de que ya iba de camino. No era fácil salir de aquella trastienda polvorienta con libros apilados como obstáculos en un circuito. Además, una vez consiguiera pasar el umbral de la puerta que daba a la tienda, todavía tendría que bajar la escalera de caracol de hierro forjado y andar unos doce metros por aquel oscuro pasillo. Demasiado trayecto para recorrerlo con prisa y más aún si, como Zacarias e Isidoro, pasabas de las ochenta primaveras.

El viejo albino anduvo el corredor despacio, cojeando y ayudándose de su antiguo bastón no tanto como un tercer apoyo sino más bien como machete que abre camino en la selva apartando telarañas y más libros apilados en el pasillo. Al fin pudo entrever al trasluz la sinuosa silueta de una mujer elegante. Vestía con pamela y un llamativo conjunto rojo de chaqueta y falda corta. Muy corta, pensó Isidoro. Ahora ya a escasos metros de tan atractiva figura, el octogenario trató de aclararse la voz antes de dirigirse a la dama, pero, quizá por los nervios causados por la inesperada visita o quizá por un descuido esa mañana a la hora poner el fijador de la dentadura, ésta voló en dirección a la distinguida señora al tiempo que ella se giraba hacia el anciano.

Zacarias, todavía en la trastienda, oyó un grito de mujer, un silencio corto, una bofetada y unos mil libros cayendo. Se apresuró a bajar y comprobar qué sucedía. "Eloisa, ¿eres tú?" Preguntó casi con miedo. "Isidoro, ¿qué ha pasado? ¿Estás bien?". Cuando ya andaba por el último escalón, la campanita de la puerta volvió a sonar y después un portazo. Para cuando el anciano llegó a la escena, sólo pudo encontrar a su amigo Isidoro tendido en el suelo, cubierto por libros y con la cara ensangrentada. Tenía una brecha en la frente; se había golpeado con la estantería de libros de bolsillo que había justo a su izquierda.

ZACARIAS "¿Qué ha pasado? ¿Quién era?"
ISIDORO "Era ella, creo"
ZACARIAS "¿Quién, Eloisa?
ISIDORO "No. Ella... y me ha dicho que el guardián del secreto ha caído. Que debemos avisar al resto"
ZACARIAS "Bien. Habrá tiempo. Ahora vamos a curarte esa herida viejo amigo. Levanta"
ISIDORO "¡No, no hay tiempo!. Hay que revelarselo a Marcos. También me ha dicho que el búho va a por él"


Continuará...

martes, 23 de febrero de 2010

La tarea encomendada. Parte uno.


   Marcos era un chico reservado. Solía vestir sencillo y de colores claros. No entraba dentro de los estándares de ninguna tribu urbana ni moda social tan presentes en su barrio residencial. Sus quince años vividos parecían pocos para poder acumular el poso de tranquilidad y sabiduría que en sus ojos se adivinaba. No era la mirada. Tampoco la forma en la que fruncía en ceño cuando pensaba la respuesta a una pregunta incómoda. Eran sus ojos verdes y brillantes los que atraían las miradas. Ojos buscando ojos.

   Un día, Marcos estaba en casa preparándose para ir al colegio. Su madre le había dejado el desayuno en la mesa de la terraza, como de costumbre, pero esta vez una carta cerrada estaba apoyada entre el zumo y los cereales. Marcos no se extrañó. Ese era el protocolo que su madre seguía siempre que llegaba correspondencia para él. Lo único que le llamó la atención fue que no había nada escrito en el sobre. Ni remitente ni destinatario. Sólo un abultado sobre amarillo cerrado a conciencia. Entre magdalena y magdalena se dispuso a leer el contenido de la misteriosa carta.

"Amigo mío, en las líneas que continúan te va a ser desvelado un secreto que nadie cercano a ti debe nunca saber. Asegúrate de leer esto en privado y quema la carta una vez hayas concluido la lectura."

   Marcos casi se atraganta. Bebió un poco de zumo, cogió la mochila y la carta y salió de casa rápido. Llegaba tarde a la parada del autobús del colegio y no podía faltar otro día más. Además, a primera hora tenía música y debía exponer un trabajo sobre Liszt que le había tenido despierto hasta las dos de la mañana.

   Llegó a la parada justo a tiempo. Subió al autobús y se fue directo a los asientos del fondo. Él no solía sentarse allí. Ese era el feudo de los chungos, como él lo llamaba en su diario. Pero aprovechando que todavía no había subido ninguno pensó que allí podría terminar de leer tranquilo el resto de la carta. No pudo evitar pensar sobre quién le habría escrito y qué secreto le iba a ser desvelado. El instinto le decía que todo esto tenía algo que ver con su anciano amigo de la tienda de libros usados. Era por el olor de la carta. Ese sobre de papel grueso y amarillento olía como los pasillos de la librería. Al fin pudo continuar la lectura.

"Te ha sido encomendada una tarea. Ahora eres el guardián del secreto. Memoriza palabra por palabra lo siguiente y espera a que te sea revelado el nombre de tu sucesor. Sólo a él le podrás ceder esta carga. Si fallas en tu misión habrás deshonrado al linaje de guardianes al que ahora perteneces y romperás toda esperanza de cuantos dependen del secreto. Es tiempo de ser valiente."

   Los ojos verdes de Marcos se movían rápido de izquierda a derecha leyendo las pocas líneas escritas. Cuando terminó, giro la carta buscando una continuación de la historia, pero no había nada más escrito en ese papel. Miró dentro del sobre por si hubiera algo más que el folio doblado en ocho partes, pero nada. No lo entendía. ¿qué secreto? ¿quién lo escribía? ¿Era en serio o una versión arcaica de los mails en cadena y debía tirarlo a la papelera de reciclaje como de costumbre? ¿Iba realmente destinada a él? Sin saber muy bien porqué y siguiendo su instinto le pidió a su amiga Laura un mechero y quemó la carta. Esto le costó una buena bronca del chófer, pero Marcos no estaba para gritos de nadie y apenas escuchó nada de lo que el conductor le recriminaba con las venas del cuello hinchadas y salpicando de saliva las tres primera filas de asientos del autobús. El nuevo guardián del secreto estaba repitiendo en voz baja una y otra vez las partes que había conseguido memorizar de aquel manuscrito. Al mismo tiempo, en su cabeza sonaba de fondo la sonata para Dante de Frank Liszt, sobre la que versaba su trabajo de música.

   (...) Continuará...