sábado, 14 de octubre de 2017

Lo fácil, muy bien hecho

- Sábes, Juan, llevo veinte años jugando a esto. Quince ganándome la vida y diez en la mejor liga del país, pero hasta hace tres años no sabía hacer bien las cosas más fáciles.

- ¿Tres años? ¿En Grecia?

- Sí. ¿Te acuerdas de que te dije que el segundo entrenador era español? Uri se llamaba. Era joven. No más de treinta años.

- ¿Ese es el que luego fue a la NBA?

- Qué va. De este nunca más se supo. Una pena, la verdad. El caso es que este chico me corrijió una vez en un entrenamiento. Fue algo sencillo, pero me cambió el chip. 

- ¿Qué pasó?

- Un bloqueo. Simplemente, después de una repetición en un partido a media pista, se me acercó y me dijo que era el único que me sabía bien los sistemas, que llegaba a tiempo a todos lados, pero cuando tocaba bloquear nunca conseguía sacar ventaja. Me dijo que se notaba que llegaba pensando en cómo poner los brazos para el choque en lugar de centrar mi atención en mis pies y los del defensor al que quería bloquear. Solo eso. Me dijo que si sabía hacer paradas en dos tiempos, tenía que saber bloquear bien. Solo tenía que llegar cerca del defensor y hacer una parada apoyando primero el pie más lejano al aro. Tenía que asegurarme de que sus pies quedaban entre los míos. Si hacía bien eso, entonces sería él el que acabaría chocando contra mí. El resto de bloqueos del entrenamiento fueron increíbles. De pronto era Karl Malone.

- ¿Y eso te hizo cambiar el chip?

- ¡Claro que sí! Llevaba toda la vida haciendo bloqueos. O creyendo que los hacía. Hacer un bloqueo es de primero de baloncesto senior, pero pocos los hacen realmente bien. Me di cuenta de que quería reaprender todo lo fácil y esta vez hacerlo muy bien.

viernes, 6 de octubre de 2017

Defender muy bien

-  ¿Por qué dices que defender bien es más fácil que atacar bien y en cambio, defender muy bien es más difícil que atacar muy bien?

-  ¿Quieres la respuesta larga o la corta?

-  La corta para empezar.

-  Porque defender bien solo necesita que quieras hacerlo. El principal factor es la actitud. Para atacar bien en necesario un equilibrio entre dominio de la pelota y el cuerpo, los espacios, la pausa…

-  ¿Y para hacerlo muy bien?


   Para ser muy bueno en ataque suele bastar con que metas mucho. Hay otros caminos, pero ese es desgraciadamente el más recurrente. Para defender muuuy bien hay que ser de otro planeta. Además de la actitud, que ahora ya ha de ser de las que hacen saltar la lagrimita al espectador, es necesario ser un atleta y un extraordinario conocedor del juego. La defensa es reactiva y el ataque proactivo. Esto quiere decir que para vencer la desventaja inicial, un muy buen defensor debe anticipar constantemente las intenciones del atacante. Eso es lo más difícil de este juego.

martes, 3 de octubre de 2017

Historias de Blues I

Entonces Blues se dio cuenta de su error. Llevaba toda la vida pensando, sintiendo, dando por sentado que aquella frase de lo importante está en el interior era absoluta y únicamente cierta. Creía que con ser bueno en el fondo, uno podía caminar tranquilo. Pero esa tarde cambió abruptamente de parecer. Comprendió que era una sentencia incompleta y que nunca la había valorado en su justa medida. Hasta ahora, la idea de que se puede tener algo bueno enterrado, oculto a los ojos de los demás, que puede catapultar la balanza moral y contrarrestar aquellos despropósitos que se cometen y todos ven, le permitía mantener cierto nivel de autoestima. Pero cortando aquella cebolla con manchas de salsas y ceniza que había tenido que desenterrar del cubo de basura del apestoso bar de Laly, comprendió que con hambre no había capas desechables en aquella su cena. Tanto las de dentro como las de fuera, eran todas cebolla; eran todas importantes por igual.

miércoles, 10 de mayo de 2017

Compitiendo dentro de tu equipo

Compitiendo dentro de tu equipo, ya sea para conseguir minutos o para progresar como jugador, puedes entrenar y jugar con dos objetivos algo diferentes: ser de los mejores o no ser de los peores.

Aunque la diferencia puede parecer sutil, creo que no se trata de un tema menor. Perseguir, consciente o inconscientemente, un objetivo o el otro, modifica las decisiones estratégicas que se toman durante el juego.

Así, cuando uno intenta ser el mejor o de los mejores de su equipo en una determinada situación (me gusta definir el mejor como el ganador en mérito), debe asumir riesgos. Cuanto mejor se quiera ser, mayor número y de mayor riesgo deberán ser las decisiones; y más improbables los éxitos.

En cambio, si lo que se persigue es no ser el peor, uno debe minimizar los riesgos. Agudizar los sentidos y prever situaciones comprometidas, buscar ejecuciones sencillas y huir de los errores tangibles. Querer no ser el peor es algo bastante más útil y más frecuente de lo que podría parecer. Es un claro ejemplo de contenido estratégico que se aprende con la edad, y a menudo por las malas.

Creo que el camino correcto pasa por saber saltar de un objetivo al otro, entendiendo el contexto y buscando el rol correcto en el equipo. Puedes ser el tirador, el sexto hombre, el pivot que defiende y rebotea o el base cambia-ritmos, eso no importa. Ser el mejor (o no ser el peor) del equipo se puede aplicar a cada rol, a cada situación concreta o a cada repetición de cada ejercicio. El verdadero talento en este aspecto está en saber cuándo ayuda más al equipo un objetivo o el otro.

¡Suerte!

domingo, 12 de febrero de 2017

Corto, medio y largo plazo


Todos los entrenadores queremos ganar y a todos nos gusta que nuestros jugadores evolucionen. También todos sabemos que se aprende de los errores. Todos comprendemos el papel de la experiencia y el efecto inmediato de la instrucción directa. Todos sentimos durante el juego, de una u otra forma, que cuanta más libertad dejemos, más riesgo inmediato asumimos. Pero no todos somos iguales. Ni siquiera nos parecemos. Así que, ¿dónde está la diferencia? Yo creo que en el plazo de nuestros objetivos.

Los objetivos a corto plazo tienen que ver con ganar el próximo partido. Scouting, adaptación de sistemas o ejercicios, defensas especiales, etc.

Los objetivos a medio plazo son aquellos que se fijan en la competición. Prepación física planificada buscando picos, reorganización del playbook para ocultar recursos, seguimiento de rivales, explicitación de objetivos de rendimiento como "quedar entre los 4 primeros", etc.

Los objetivos a largo plazo recogen aquellos proyectos que superan la temporada en curso. Suelen ser de dos tipos: aquellos que tienen que ver con la progresión indvidual de los jugadores y aquellos que se refieren al estilo de juego o la identidad de club.

Así, creo que todos los entrenadores hacemos al menos un poco de cada tipo, pero que nuestra principal característica diferenciadora es la proporción que dedicamos a cada plazo. Lo que diferencia nuestros estilos de dirección, nuestras metodologías, nuestros mensajes y nuestro poso en los jugadores es lo lejos que ponemos la mirada en nuestro trabajo con ellos.

lunes, 5 de septiembre de 2016

Niño envenenado



No sé vosotros cómo lo vivisteis, pero en mi caso recuerdo perfectamente lo que yo creía que era el baloncesto antes de meterme a fondo en él. Para empezar, era un deporte donde tocarse ya era falta. Además, el balón era mucho más duro que los dedos de los jugadores. Por último, en este extraño juego, el entrenador estaba muy presente y muy a menudo de manera intimidante. En resumen, era una actividad sin trascendencia ni transcendentalismo alguno -más aún viniendo yo de practicar el ancestral arte marcial conocido como kárate- y que solo podía explicar sus adeptos con aquello de la espectacularidad de los saltos, los mates y los lanzamientos acrobáticos.

En concreto, la figura del mencionado entrenador me daba escalofríos. La disciplina que impartían todos, a mis ojos, no era propia de la población civil. La idea de equipo no distaba de la de batallón y el coach era el temido Sargento Hartman, siempre dispuesto a apuntarte con el índice mientras hace públicas tus vergüenzas. De cualquiera de las formas, en aquellos mis diez u once primeros años de vida, nada me había hecho sospechar que aquel deporte tenía algo escondido para mí.

Gracias a Dios y a mi primo Miguel, hubo un verano en el que todo cambió. Una canasta colgando con cuerdas, unos comentarios de mi primo sobre algunas estrellas NBA, unos pocos tiros y 1x1s, más alguna experiencia gratificante al no ser elegido último en la confección de equipos de las pachangas de mi urbanización, llevaron a mi cabeza la absurda idea de que yo podía ser bueno en esto... Sueños de infancia, supongo.

Ese curso me apunté al baloncesto del cole. Éramos solo 4 alevines y no pudimos hacer equipo. No obstante, nos ofrecieron entrenar con los benjamines y yo no lo dudé. Un año más tarde entraba por primera vez en el campo de la SCD Carolinas. Era infantil de primer año y solo sabía hacer entradas por la derecha en canastas de mini. Yo quería estar en el infantil A, pero se me antojaba un reto imposible. Allí me esperaba David y... fue amor a primera vista. No hay una manera mejor de decirlo. Tenía la personalidad más atractiva que había visto y en apenas un par de meses tenía claro que quería ser como él. Ya tenía mi modelo de entrenador perfecto. Descubrí que quería ser entrenador para ayudar a romper los moldes del sargento autoritario. Quería salirme de la norma. Incipiente adolescencia, me imagino.

Así fue como me entró el veneno. No fue el juego el que me sedujo. Tampoco la vida encumbrada de los deportistas, ni una relación inseparable con Grouxo, mi balón. Fue un líder que se mostraba tan cercano como apasionado, y que supo hacer una apuesta arriesgada con un nene flacucho y raro.

lunes, 22 de agosto de 2016

Si tienes que dejarlo



En los años que llevo dedicado al deporte he descubierto muchos recovecos de esta profesión que dificilmente se pueden comprender plenamente desde fuera. Entré en este mundo atraído por ciertas cosas que, con el paso del tiempo, han perdido mi interés. No obstante, otros aspectos que ni siquiera sabía que existían me mantienen con la pasión intacta. Uno de ellos es ver crecer a las personas.

He coincidido con miles de jugadores. Como es lógico, solo he conocido personalmente a unos cientos, y de estos, mantengo el contacto con unas pocas decenas. Pero creo que acumulo datos suficientes para extrapolar algunas conclusiones desde mi experiencia personal al mundo de la canasta en general. Son reflexiones acerca del abandono del baloncesto.

Cuando cojo un grupo nuevo suelo decirles que mi reto con cada uno de ellos tiene más que ver con cuánto tiempo se mantengan jugando que con cómo de alto lleguen a hacerlo. Si con cuarenta años siguen en la pista, yo seré feliz. Aún así, la mayor parte de los jugadores con los que estuve durante mis primeros diez años de entrenador -hace once ya- no siguen jugando ni están vinculados a este deporte de ninguna manera. Es así; es ley de vida. De los diez alevines que hoy forman un equipo, dentro de veinte años seis o siete ya no tendrán nada que ver con el baloncesto.

No obstante, mi reflexión principal tiene que ver con las razones de este abandono. He podido comprobar que existen tres causas bien diferenciadas y que suelen llevar a escenarios de vida futura muy distintos. 

Aquellos que lo dejan en contra de su voluntad. Sobretodo por lesión o incompatibilidad con el horario laboral. Estos casos son los más dolorosos. En caso de lesión, puede que encuentren otra forma de seguir vinculado.

Aquellos que lo dejan porque tienen una nueva pasión. El baloncesto es desbancado en la escala de preferencias y una nueva inquietud invade los pensamientos y requiere de los esfuerzos extra que antes iban a la pista. Su futuro suele ser igual de brillante y feliz que lo podría haber sido jugando al basket.

Y por último, aquellos que lo dejan sin tener nada mejor que hacer. Frustraciones, decepciones o simple aburrimiento hacen que se pierdan las ganas de forma paulatina hasta que ya no quedan. Este es el caso más peligroso según mi experiencia. Abandonar por no haber obtenido lo que pensabas que merecías es un error con mayúsculas. El futuro de aquellos que tiraron la toalla rara vez ha sido enriquecedor y saludable.

Sé que es raro y falto de fundamento, pero mi consejo es claro aquí: no es buena idea dejar el baloncesto por culpa del baloncesto. Si tienes que dejarlo, que sea por culpa de otra pasión.

jueves, 4 de agosto de 2016

Hacer deporte

Hacer deporte es mucho más de lo que crees. Si solo lo ves por la tele o vas de vez en cuando a algún partido, déjame que te diga que no sabes de qué se trata. Si crees que Cristiano Ronaldo, Messi, Gasol o Nadal son la máxima expresión del deportista, tú no sabes de la misa la mitad. Ellos son todos excelentes, sí. Pero lo son sobretodo en un solo aspecto del deporte. En uno que, en el fondo, no es tan importante: el rendimiento. Hacer deporte -ser deportista- te repito que es mucho más.

Hacer deporte es cuidarse. También es conocerse. Es buscar tu límite y superarlo. Es crecer más de lo que toca. Es sorprender y sorprenderse con los avances. Es llegar a comprender a tus ídolos y saber en tus huesos que no son mejores que tú en todo. Hacer deporte es soñar con dejar un legado... o un legadito.

Hacer deporte es renunciar a vivir sin él. Decir muchos noes y hacer muchos extras. Es barrer tu pista antes de entrenar y es compartir el agua con quien se la dejó en casa. Es integrar a los que son más jóvenes y saber respetar a los veteranos. Es aprender de cada entrenador, de cada compañero, de cada equipo.

Hacer deporte es vivir con energía. Es ser tan optimista como para pensar que durante el rato de práctica, uno puede aspirar a ser perfecto. Lo que como ciudadano es imposible, como deportista tiene todo el sentido.

La excelencia en el intento. Ese es el valor que aporta el deporte. Y con esta cualidad hay otras muchas superestrellas en nuestro entorno que no tienen contratos millonarios. ¡Bien por vosotros, DEPORTISTAS!

miércoles, 4 de mayo de 2016

Diez preguntas


Aquí unas preguntas que puedes empezar a hacerte antes y durante cada ejercicio para desarrollar el pensamiento estratégico:


  1. ¿Cual es el objetivo de este juego?
  2. ¿Qué busca el entrenador con las reglas que ha puesto?
  3. ¿A qué situación que ya conozco se parece?¿Qué hice entonces?¿Funcionó?¿Funcionaría ahora?
  4. ¿Qué es más determinante en esta tarea: algún espacio, algún sujeto, objeto, momento, acción? 
  5. ¿Qué es mejor para el objetivo, intentarlo muchas veces (cantidad) o intentarlo en las mejores condiciones (calidad)?
  6. ¿Qué es mejor para el objetivo, repartir las responsabilidades o compartirlas?
  7. ¿Qué estrategia preveo del rival? ¿Qué podemos hacer nosotros?
  8. ¿Hay alguna acción alegal que me pueda beneficiar? ¿Es ético?
  9. ¿Cómo podemos usar nuestros puntos fuertes?
  10. ¿Qué hacemos si el plan A no funciona?


La mejor parte de nuestro deporte, la más divertida, sucede dentro de nuestras cabezas. Si juegas solo obedeciendo órdenes -o intentándolo- te estás perdiendo lo mejor.

lunes, 25 de abril de 2016

Mentalidad, actitud y carácter



Una buena pregunta para hacer a los jugadores jóvenes es qué factor consideran ellos el más determinante para la consecución del éxito. Quizá algunos apuesten por el físico, la altura, la fuerza, la velocidad… O por el técnico o el táctico, o por la suerte. Suele iniciarse un buen debate del que se extrae mucha información sobre su visión de este deporte y su conocimiento del mundillo que lo rodea. Yo suelo abrir la caja de Pandora cuando quiero hablarles del factor por el que yo me decanto: la MENTALIDAD.

Muy a mi pesar, resulta que aunque se trate de una pregunta trascendental, solo puede ser respondida con términos ambiguos y aproximaciones totalmente subjetivas. Aun así, es mi propósito intentar aclarar algo el asunto.

No todos los entrenadores usamos las mismas palabras para referirnos a los conceptos de nuestro día a día. En algunos casos no hay mucho problema con esto, y donde unos dicen pick otros dicen bloq. En cambio, en otros casos, los conceptos a los que nos queremos referir son demasiados complejos y no están nada delimitados. Así, la mentalidad, la actitud, el carácter o el estado de ánimo pueden ser confundidos y empleados indistintamente para referirse a muy distintas realidades.

Sé que es terreno de la psicología definir estos términos y teorizar sobre ellos. No quiero ser intrusista. Soy entrenador y tengo una visión diferente. Seguro que es menos acertada que la de los buenos psicólogos, ya que yo no uso citas de autores de referencia ni estudios que me respalden, pero son reflexiones y aprendizajes salidos de la pista y espero que reconocibles por mis colegas entrenadores.


MENTALIDAD

La mentalidad es la manera de pensar. Es el modo en el que se percibe todo lo que nos rodea y la forma de tomar decisiones al respecto. La mentalidad competitiva es aquella que percibe retos donde otros ven problemas. La mentalidad ganadora es la que decide hacer mejor lo que es mejorable. La mentalidad inconformista es la que no percibe el éxito como una oportunidad para descansar. La mentalidad colectiva es la que decide dar antes de pedir. La mentalidad humilde es la que percibe la grandeza de todo lo que le rodea y se siente afortunado de tener gigantes a su lado. Una mentalidad fuerte es la que no sucumbe ante la desesperación y sabe tener paciencia y fe. Una mentalidad flexible es aquella que sabe incorporar muebles modernos a la casa donde se crió.

Los jugadores con estas cualidades, que perciben su mejora como un reto constante y que además comprenden que su objetivo es colectivo pero la responsabilidad es individual, consiguen alcanzar su potencial. Una mentalidad bien enfocada permite al deportista afrontar los problemas con la actitud adecuada.


ACTITUD

La actitud, en cambio, no pertenece al plano del razonamiento. Está ligada a las emociones. La actitud es la banda sonora que acompaña nuestros actos, nuestras conductas. Los gestos aislados son solo movimientos de la cara, o los brazos o la espalda. Pero unos cuantos juntos, que se mueven a un mismo ritmo, están haciendo sonar una música de fondo; una con un mensaje para los que saben escuchar. Con los puños en alto tras una canasta, o con el dedo levantado tras una falta. Con la mirada perdida en el horizonte o con el ceño fruncido en un tiempo muerto. La actitud positiva, empática, agradecida, respetuosa, constructiva… y la actitud negativa, temerosa, cínica, indolente.

La actitud se codifica en la mentalidad y fluye hacia lo corpóreo. Es el nexo entre el mundo interior y el exterior. Es el filtro de Instagram que elegimos para que los demás vean cómo somos por dentro. Pero, ¿elegimos realmente nuestra actitud? Sin duda, sí. Lo que sucede es que la construimos con los ladrillos que fabrica nuestra mentalidad. Y esto puede limitar las opciones. Pero es primordial darse cuenta de que cada uno es el único responsable de su actitud, y que las excusas en este ámbito son lastres con las que difícilmente se podrá alzar el vuelo.


CARÁCTER

La RAE lo define como la naturaleza propia de cada cosa que la distingue de las demás. Sin ganas de quitarles ni el afán poético ni su agrietado sillón a los avezados académicos, me gustaría añadir algún apunte que nos permita situar este término en una cancha de baloncesto. Y es que entre las líneas del campo es relativamente fácil darse cuenta de qué es tener carácter; y aún más sencillo comprender qué es no tenerlo. 

Lo que más me gusta de la definición de diccionario que os he adelantado es el final. Y es que un jugador con carácter se sabe importante. Se ve como parte involucrada en el juego y no permite que este le ningunee. Se percibe distinto al resto y siente el impulso de querer influir en lo que suceda. De hecho, se ve en la obligación moral de hacerlo.

Por el contrario, los jugadores sin carácter se victimizan. Desaparecen del juego, asumen su rendición y dejan que los contratiempos les ahoguen. No luchan por lo que creen que es justo, aun estando convencidos de ello. Pueden tener todas las armas preparadas para vencer al rival, y en cambio dejar que el pesimismo les obligue a meter las manos en los bolsillos.

Saberse el camino



Es curioso cómo funciona esto del saber;
del creer que sabes;
del saber en qué creer.
Curioso cómo avanza el tiempo
enseñándonos a verle pasar
y viéndonos quedar atrás…

A veces creo haber llegado a ese plácido rincón iluminado donde yacer sin prisa,
con las mejores vistas y una paz desmedida.
Entonces me acomodo en una esquina
y me pongo mi canción favorita.
Pero incesante el sol avanza,
y mueve las sombras,
y me quedo a oscuras tiritando de resabido.

¡Son las dudas!
¡Son las dudas! Me repito.
Son las dudas que traen pan de pueblo, queso manchego y un buen vino. Me dicen que recoja el chiringuito, que me calce las botas de montaña y, amablemente, me indican el camino.

Y así paso mi tiempo,
recorriendo lo recorrido,
y parándome en cada sitio.
No sé cuán lejos está mi destino
ni me preocupa tenerlo sabido.
Ahora sé que a veces soy hogareño y otras peregrino.

jueves, 15 de octubre de 2015

domingo, 27 de septiembre de 2015

La técnica individual en la categoría senior



Si eres lector habitual de este blog ya sabes que la toma de decisiones, la táctica, la estrategia y en definitiva, todo el proceso mental que supone jugar al baloncesto suele ser el eje de mis comentarios técnicos. Me gusta remarcar la importancia de que las acciones deben responder a intenciones concretas, y que, por tanto, los métodos de mejora en los entrenamientos no deben separar este binomio intención-acción.

No obstante, esta postura constructivista puede dar la impresión de no valorar el papel de las ejecuciones en su justa medida en un deporte en el que la precisión y la velocidad son primordiales, y por esto antes de defender su conveniencia en jugadores senior, me gustaría aclarar qué es la técnica para mí.

Como definición breve diría que es aquel área encargada de la motricidad, el cual incluye el control del cuerpo y del balón. Y si me pudiera extender añadiría la importancia que tiene el control del espacio específico de juego, de las orientaciones, de los tiempos de acción, de la variación del foco de atención interna y externa durante las ejecuciones y, sobretodo, de la estabilidad y el equilibrio. Pero resulta que todas estas partes dependen a su vez de otras que ya no está tan claro que sean exclusivamente de carácter coordinativo. El conocimiento del juego, o dicho de otra forma, la experiencia, juega un papel fundamental en la anticipación, lo que condiciona la elección de las acciones a ejecutar y los micro ajustes que se realizan durante el propio movimiento. Se trata de la transformación de la técnica general en la técnica específica. Esta especialización permite al jugador experimentado reconocer un sinfín de escenarios parciales del juego con reglas específicas que ayudan a predecir las respuestas de los rivales. Se trata de aprendizajes que se encuentran muy alejados de la visión clásica de la técnica individual, que descartan los modelos únicos de ejecución y que precisan de un aprendiz con un cierto nivel de conocimiento del juego. Es una técnica evolucionada y diferente de la que encontramos en el baloncesto de iniciación.

Según mi punto de vista, la mejora de la motricidad debe pasar por diferentes etapas en la formación de los jugadores. En los primeros años de actividad deportiva la psicomotricidad es fundamental. Aquí se deben desarrollar aspectos como el esquema corporal, la autoimagen o la expresividad. Conforme el niño crece física y mentalmente puede mejorar el uso de las habilidades motrices básicas (saltos, giros, desplazamientos, etc.) mediante el entrenamiento en Minibasket. El adjetivo “básicas” quiere recordarnos que serán la base sobre la que se edificarán los esquemas motores complejos en los que estas habilidades se combinan y se transforman. Es una etapa en la que no se debería llamar trabajo al trabajo ni técnica a la técnica. Mejor sería considerarlo una fase de continua exploración, ampliación y variabilidad. A diferencia de los modelos tradiciones, esta visión no ve la necesidad de tener a los niños de diez, once y doce años repitiendo el bote lateral con la mano izquierda, fuerte y separado del cuerpo, al tiempo que dicen en voz alta el número de dedos que su entrenador está mostrando. Existen otras maneras más interesantes de desarrollar la lateralidad y ninguna prisa por conseguir que ese niño domine un tipo de bote que todavía no sabe ubicar en sus partidos. Es preferible dedicar el tiempo a ampliar la riqueza motriz y prepararle para que, en un futuro, sepa moldear su movimiento en función de las exigencias del entorno. Así, en lugar de aprender hoy el látigo de Bodiroga, será mejor ponerle a jugar esquivando tiburones y salvando náufragos para que el día de mañana pueda aprender ese y otros muchos recursos específicos de bote de desmarque. 

Es común oír que cuando los jugadores llegan a la adolescencia y dan el cambio físico es cuando se acaba la fase sensible de la mejora motriz. Algo de verdad tiene esta sentencia, pero menos de lo que se cree. Sí es verdad que aspectos como la plasticidad, el ritmo o el control postural son mucho más difíciles de trabajar en adolescentes debido a cambios neuroquímicos propios de la edad, pero que sus brazos y piernas sean más largos y su peso corporal aumente bruscamente en poco tiempo, no hace que se pierdan las capacidades básicas adquiridas. La riqueza motriz sigue estando presente en aquellos que antes de la pubertad tuvieron una buena educación física. Sí será necesario un tiempo de readaptación en el que la eficiencia se verá disminuida, pero no se habrán dado pasos hacia atrás. Todo lo contrario. Aquellos niños bien entrenados verán sus tiempos de adaptación reducidos.

Más adelante, en los primeros años de madurez, es cuando las capacidades físicas dependientes de la fuerza se vuelven prioritarias. Además, la complejidad táctica del juego ya permite un reparto del espacio adecuado para la aplicación de recursos individuales en sus tiempos y ritmos adecuados. Con unos jugadores preparados muscularmente para forzar la maquinaria, aquí se abre otra gran ventana para el trabajo de la técnica. En concreto, de aquella específica de la que antes os hablaba. Será el momento de las repeticiones conscientes, de las horas  de 1x0 y del afinamiento de los gestos de precisión. Con dieciocho años ya se suele tener el conocimiento del juego suficiente como para poder autoentrenarse. Corregirse aspectos como la tensión, la fuerza en los contactos, los tiempos de reacción… Además, a diferencia de la etapa infantil, la capacidad atencional del adulto ya está totalmente desarrollada, y poder dirigir el foco hacia lo verdaderamente importante es una condición necesaria en la mejora técnica.

Por último, los jugadores senior de más de veinte, incluso aquellos con veinte más de veinte, no deben pensar que ya no pueden mejorar sus gestos. Cada año vemos movimientos nuevos en los sistemas de juego; diferentes maneras de abordar un problema. Y vemos como los entrenadores cada vez hilamos más fino, creando espacios donde nunca los hubo e inventando nuevas formas de obtener ventaja. No importa el tiempo que lleves jugando, si has pasado por varios entrenadores diferentes sabes que existen baloncestos diferentes, y cada uno tiene sus gestos. Un año necesitas saber continuar en pop un bloqueo directo lateral entre el 4 y el 5 y otro necesitas ganar un ángulo diferente de pase para esa subida en el triángulo. Ataques a zona que no se pueden hacer sin saber dividir y pasar en mano a mano y salidas de presión con bloqueos ciegos en medio campo. Defensas con push, con flash, con trap o con bump. Y el baloncesto sigue y sigue… Y si en senior no entrenamos la técnica de estas situaciones, no sé cuándo lo vamos a hacer.

Yo organizo mi tiempo de entrenamiento en función de la naturaleza de los objetivos. Asigno porcentajes a las áreas coordinativas, cognitivas y psicológicas en la planificación de ciclos. Busco tareas que se ajusten a esos porcentajes y trato de hacer una evolución a lo largo del ciclo donde pasamos del aprendizaje técnico al competitivo. Así, hay semanas en las que el mayor volumen de trabajo recae en aprender los espacios de juego y los ángulos que determinado medio táctico utiliza, otras en las que el protagonismo se lo lleva el correcto uso del cuerpo en los bloqueos, y otras donde lo importante es ganar usando el pick and roll. Pero en todas las semanas tenemos objetivos técnicos, tácticos y estratégicos. Sería imposible llegar a jugar bien lo que dibujo en la pizarra si no hemos afinado las herramientas técnicas que lo conforman.

Los mejores jugadores que conozco y con los que he podido compartir pista saben esto. Piden a sus entrenadores que les enseñen a hacer ese determinado gesto un poquito mejor, o más rápido, o de otra forma. Y nunca, nunca, les he oído decir que ellos ya están mayores para mejorar técnicamente. 

miércoles, 23 de septiembre de 2015

¿Comprometerse…? ¡Vale, parece fácil!



Una de las pocas advertencias que hago a mis jugadores cuando comienzo una andadura con ellos es el valor que le doy al compromiso. Su actitud debe ser proactiva en la construcción de ese equipo. Pero, como todo tema profundo, no suele bastar con una charla en el centro del campo.

Si un jugador falla a un compromiso que ni siquiera comprende, ¿es culpable de ese fallo? ¿Y de haberse comprometido? Y quien aceptó por buena su respuesta aun sabiendo que en esa negociación cada parte hablaba una lengua diferente, ¿es responsable?

No creo en unas reglas de compromiso. Al menos no en unas impuestas por terceros. Creo en la vinculación emocional con un proyecto colectivo. Se necesita tiempo para forjarlo y escenarios interesantes donde tejer una red de razones personales y vivencias verdaderamente trascendentes.
Sé que es un ideal, y sé que a veces debo obviarlo. Pero, en el fondo, creo que es lo único que me causa verdadera admiración. Aquellos jugadores que comprenden lo que significa compromiso con el equipo, con su rol en él y que en beneficio de sus iguales asumen una actitud de disposición al cambio, al crecimiento.

El compromiso es un valor difícil de transmitir; complejo de entender y hacer entender a familiares y amigos; y duro de cumplir.

A primera vista parece consistir en decir NO recurrentemente. No a los viajes familiares, no a las fiestas nocturnas, no al alcohol, no al fin de semana tranquilitos… pero esto es solo a primera y corta vista. En realidad, para que un compromiso funcione debe tener más síes que noes. Dependerá de cada uno encontrar sus propias experiencias gratificantes y convencerse de su valor. Por ejemplo, para mí, cada NO que digo convierte en mejores los éxitos que alcanzo. Siento más meritoria mi actuación en un partido si sé que he hecho lo posible por llegar en las mejores condiciones. Obtengo más felicidad. Ese es un gran SÍ. Además, está el respeto de los que me rodean. Otro gran SÍ que solo se puede alcanzar desde las muestras de compromiso. El sentirse fiel a unos orígenes y a unos mentores, otro SÍ enorme. Y podría continuar.

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Corolario personal.- Algunas veces me han preguntado si no me arrepiento de estar tan metido en el baloncesto; si no creo que me he perdido cosas por ello. Y les respondo a lo primero que no y a lo segundo que sí. Pero que no es el basket el que me ha quitado nada. He sido yo, ferviente devoto, el que le hace ofrendas esperando un futuro favorable.


sábado, 19 de septiembre de 2015

Prohibiendo prohibido prohibir

Permítanme los mayosesentayocheros la licencia del encabezado, que no por jugar uno con las palabras puede descuidar el mensaje. Soy prácticamente todo un firme defensor del cuestionamiento de la autoridad per se y blablablá… No, en serio, sí soy practicante del liderazgo que propone y no que impone, pero tengo mis matices. Mis sombras, lo llamarían los puristas de la metodología abierta y global. Y es que yo no soy un teórico ni un revolucionario. Yo soy entrenador. Y por encima de mis ideales pedagógicos está mi compromiso de velar por la integridad del grupo y por el aprovechamiento del tiempo que los jugadores ofrecen. Y la buena dinámica nace en el respeto y la confianza. Pero no en la versión cursi de cada una de esas dos palabras. En la más ruda y soez. El respeto del que os hablo se gana con cada vuelta de tuerca que se da a tiempo. Y para apretar ciertas tuercas en ciertos momentos tensos, física y emocionalmente, hay que hacer mucha, mucha fuerza. Por otro lado, la confianza no se debe confundir con confidencia. No es necesaria una amistad para generar la creencia en los otros de que estás capacitado y motivado para hacerles subir de nivel.

Cuando trabajas a partir de la toma de decisiones, del juego abierto que obliga a pensar, el respeto ante las soluciones que proponen los demás es fundamentales. Para generar estas dinámicas se debe crear un clima de confianza en el que los jugadores no se sientan piezas de ajedrez movidas por la gran mano, sino los mismísimos Vengadores reunidos con el propósito de salvar a la humanidad, armados con diferentes súper poderes y con un algo personal que los hace únicos… -Vale, quizá la metáfora se me ha ido de las manos, pero seguro que captas la idea.-

Lo que vengo a decir es que para que todo esto pueda darse en la pista es necesario que exista un código compartido por entrenadores y jugadores, como deportistas con mayúsculas. Podría tratarse de un código ético, que nos dicta desde nuestro interior cuál es la conducta adecuada en cada circunstancia, pero yo lo veo más como un código de circulación. 

Cuando vamos con el coche siempre debemos seguir dos reglamentos: el de tráfico y el del manual del coche. Para conocer el primero es necesario saber reconocer unas decenas de señales de tránsito. Entre ellas, el ceda el paso y el stop. Ambas pertenecen al grupo de las obligaciones. Pero hay una diferencia enorme entre ellas desde el plano metodológico. El stop te obliga a realizar una acción determinada: detener el vehículo. El ceda, en cambio, te otorga la responsabilidad de decidir qué debes hacer con tu coche con el objetivo de no interferir en el paso de otros vehículos. Podríamos decir que el Ceda es constructivista y el stop es un mando directo.


Y aquí mi reflexión la cual ocasionó el título del artículo: ¿no preferís un código de circulación con stops? Yo sí, sin duda. Y es que si alguien versado en temas de accidentes ha decidido que es mejor que en ese sitio yo no tome ninguna decisión y que obedezca sin rechistar deteniendo mi vehículo, yo que tengo confianza en él, le hago caso. Por mi bien y por el de la dinámica general. Así que, sí. En ciertos casos me he visto delante de mis jugadores prohibiendo prohibido prohibir.

jueves, 27 de agosto de 2015

Kids are awesome




Es complicado ofrecer esta reflexión con el enfoque que pretendo sin ser malinterpretada mi intención. Soy entrenador de baloncesto formativo, soy maestro y soy aficionado a la lectura sobre pedagogía y didáctica. Con todo esto quiero decir que sí; que conozco las implicaciones éticas que conlleva la explotación deportiva infantil y en la mayoría de los casos me horrorizan igual que a vosotros. Pero mi reflexión al ver este vídeo, al verlo por primera vez, no estaba centrada en este ámbito moral. Y por tanto, no pretendo aquí desencadenar una discusión al respecto.

La idea de la que os hablo es más rara. Seguramente los expertos la situarían en la sección de biología, o de antropología, o en la papelera directamente. Se trata del cerebro, de la infancia y de la educación en el futuro. Pero no en un futuro cercano. Me refiero a dentro de tantos años que somos incapaces de imaginar los hábitos diarios de su gente. Sin trabajos como los de ahora. Ni comercio. Ni ladrillo. Una era en la que ya lo sepamos todo o casi todo sobre el cerebro, y por ende, sobre nosotros mismos. Donde sus habitantes duden entre reír o llorar al pensar lo poco aprovechada que estaba la edad de la niñez en nuestros tiempos actuales. Lo infravalorada que era y lo poco que explotábamos su sensibilidad para el aprendizaje. Y lo ciegos que éramos los adultos al dirigir la educación hacia el academicismo. Hacia el cumplimiento de unas reglas no basadas en la razón y la empatía, sino en la perpetuación de un estado social putrefacto.

Pero no es social el avance del que os hablo. En ese tiempo futuro en el que ya todo se sepa sobre la niñez y sus misterios, no habremos evolucionado socialmente, sino como especie. No serán unos pocos niños excepcionales los que dominarán su cuerpo, el arte, las letras y los números hasta niveles de genialidad. Serán todos y cada uno, educados libres y siendo lo que genéticamente podemos llegar a ser como humanos.

jueves, 6 de agosto de 2015

Entrenar los detalles



Hace poco leí un artículo acerca de un estudio realizado con el fin de comprobar si existía una correlación entre lo que la gente cree que sabe y lo que en realidad sabe. Es decir, si la sensación de competencia está ligada a la propia competencia. Las conclusiones del estudio, aunque bajo mi punto de vista estaban excesivamente generalizadas, venían a decir que cuanto más expertos somos en una materia más tendemos a ser prudentes a la hora de mostrar nuestros conocimientos; y por el contrario, cuanto menos sabemos de algo más nos atrevemos a dárnoslas de listo.

Puede que estés pensando que no es un gran descubrimiento. El solo sé que no sé nada nos acompaña desde los tiempos socráticos y la ignorancia hace la felicidad parece la máxima que paradójicamente nos venden en los actuales medios de comunicación. Pero no es de la parte filosófica de la que quiero escribir (sin que sirva de precedente). Quiero hablar de los detalles en el juego. De esos que los entrenadores solemos hablar cuando interrumpimos ejercicios de juego fluido y os cortamos el rollo; de esos que corregimos poniéndonos en medio del campo haciendo el ridículo y posando como si nosotros sí supiéramos hacerlo; de esos que muy pocos jugadores parecen valorar en su justa medida.

Como es habitual en mis entradas, a mitad de ellas debo preguntarme algo. En este caso es evidente qué pregunta hay que hacer: ¿qué son los detalles en el juego? Y como también es habitual no tengo una respuesta clara a esa pregunta. Tengo algo diferente: una metáfora. O una comparación, o simil, o como se llame.

Cada gesto técnico, cada táctica, incluso cada emoción asociada al juego son como estructuras fractales. Lo primero que percibes de ellos es una forma general. Cuando quieres acercarte un poco más y empezar a ver cómo están formados te das cuenta de que hay mucho más. Entre cada dos puntos que antes creías continuos ahora no solo hay un espacio infinito entre ellos sino que, además, esconden miles de otros puntos que están igualmente a infinita distancia unos de otros. Esos son los detalles. Y por eso nunca se acaban. Cuantos más conoces, más aparecen nuevos. El conocimiento es fractal.

Entrenar de forma individual ayuda a apreciar esto. Con el equipo no hay tiempo para reflexionar sobre estos aspectos. Ya sea por la presión social o porque otros objetivos más cortoplacistas invaden el subconsciente, los pocos jugadores que han llegado a comprender y valorar esta situación son los que están habituados a entrenar solos. Y esto se nota en cada ejecución que hacen, en cada cara que ponen y sobretodo en su amor incondicional al juego. Y por incondicional quiero decir que saben anteponerlo a cualquier otra memez de las que distraen a los deportistas no tan grandes. El conocimiento del juego en profundidad es una tarea tan absorbente y gratificante que si la desempeñas, no necesitas ninguna otra con la que motivarte ni a nadie que te dé palmaditas en la espalda.

Os deseo a todos los jugadores que me estáis leyendo que encontréis vuestros detalles. Aquellos que más os seduzcan. Y que le deis al zoom para multiplicar la diversión. Justo como en este conjunto de Mandelbrot:





miércoles, 22 de julio de 2015

Más preguntas que respuestas. Entrenando la creatividad.

Los niños nacen originales… y año tras año, les vamos convirtiendo en uno de los nuestros.

El problema de falta de creatividad en los jugadores adolescentes lo solemos enfocar mal. O más que el problema, la solución. Desde hace unos años está de moda la frase “hay que dejar a los jugadores ser creativos”. Y no quiero que me malinterpretéis; eso es mejor que no dejarles serlo, pero creo que la solución no pasa por dejarles sino por enseñarles a serlo. La mayoría de estos quinceañeros ya han sido privados de su natural curiosidad por parte de la escuela reglada, la familia o las normas sociales. Toca aprender de nuevo la importancia de la opinión propia y del error útil.

Aunque esta propuesta es mucho más exigente con los jugadores, no es por su bienestar por lo que los entrenadores la solemos evitar, sino por el nuestro propio. Enseñar a ser creativo es difícil, laborioso y muchas veces, nada fructífero. Además, requiere de unas cualidades docentes que no son sencillas de desarrollar, como por ejemplo, ¡ser creativo! Tanto algunos docentes como entrenadores sienten que no pueden desarrollar en sus chavales una cualidad que ellos no poseen. Pero, ¿es esto así?

Tengo muchas preguntas sobre la creatividad. Y las tengo, no porque no pueda responderlas, sino porque su respuesta resulta ser distinta cada vez que repregunto. ¿Qué es ser creativo?, ¿cuál es su contrario?, ¿cómo empieza un acto creativo?, ¿es una cualidad exclusivamente humana?, ¿y social?

Pero de todas las preguntas hay una que me absorbe más. No soy ni el primero ni el último que se cuestiona esto. Algunos referentes para mí como Marina, J. A. y Robinson, K. ya han dejado ríos de tinta sobre el asunto, y es que no es un tema menor. Podría tratarse del quid para dominar su enseñanza: ¿hay una creatividad o hay varias?

El planteamiento de Gardner sobre las inteligencias múltiples parece estar pegando fuerte ahora en los ámbitos educativos. Por un lado, ¡ya era hora!, y por otro, no es exactamente a esto a lo que me refería con lo de una o varias creatividades. Puede que haya siete, ocho o hasta treinta y tres inteligencias diferentes, pero la creatividad es el uso de esta inteligencia, en cualquiera de sus tipologías, de una manera muy, muy concreta. Del mismo modo que no hay un sentido del humor motriz, uno musical y uno matemático, tampoco creo que existan diferentes creatividades. Al menos, no en su esencia.
Podemos mirar un cuadro de Van Gogh y ver creatividad en el uso de los colores; o en un pabellón, en los regates en un deportista; o en una pizarra, en la simpleza en una ecuación, y pensar que no hay nada que los una; que no están sujetos por una misma cualidad. Pero si nos preguntamos sobre qué aspecto se aplica la creatividad… si nos preguntamos una vez y otra cuál es el receptor último del hecho creativo, nos damos cuenta de que no son ni colores, ni regates, ni ecuaciones, ni notas musicales. Son soluciones a problemas. Son simples respuestas originales, singulares. Solo respuestas diferentes a las preguntas habituales.

Esta deberá ser nuestra piedra angular sobre la que edificar las tareas en los entrenamientos. Si queremos enseñar a ser creativos debemos abrir nuestros ejercicios, abrir nuestro abanico de soluciones y abrir nuestra mente para poder valorar el mérito de las respuestas dadas.
Algunas actuaciones tienen que ver con la propia dinámica del grupo. La forma de hablar con ellos, de proponer, de indagar. Mucho estará en la personalidad del entrenador. Pero otros aspectos dependerán de la propia confección de las tareas, de la redacción de las normas, de los sistemas de puntuación y del uso de los refuerzos y castigos.

A continuación expongo algunos consejos para favorecer la creatividad en los entrenamientos:

  1. Cuando diseñes los ejercicios, utiliza preferentemente el método de resolución de problemas. Recuerda que, a diferencia del descubrimiento guiado, solo se deben planificar los problemas que los jugadores deben resolver. No cierres las posibles respuestas que ellos den. Toda solución al problema que cumpla con las reglas debe ser válida y valorada.
  2. Cuida mucho la forma en la que presentas los ejercicios ante los jugadores, dosificando cuidadosamente la información y utilizando un discurso vivo, que invite a pensar.
  3. Incluye tiempos muertos durante los ejercicios para que cada equipo se reúna a compartir ideas. Son tiempos muertos sin entrenador.
  4. Invéntate el “bonus por creatividad” o cualquier otra forma con la que puedas dar puntos extra en los ejercicios a las respuestas eficaces más novedosas.
  5. Ante una solución diferente, primero trata de comprender el camino que ha seguido el jugador. Empatiza con él. Solo desde ahí podrás valorar el mérito del hecho creativo. Luego, apórtale tu experiencia siendo sincero sobre lo que piensas de su decisión. Dile lo bueno y lo malo. Y si puedes, lo bueno otra vez.
  6. Fíjate y valora las decisiones por encima de los resultados. Puede que un jugador tenga una idea verdaderamente buena, pero algún aspecto motriz o emocional la haya hecho fallar. Aquí es fundamental que nosotros tomemos parte, reforzando la buena decisión tomada y moviéndole a volver a intentarlo.
  7. No tengas reparo en mostrarte asombrado y encantado cuando algún jugador resuelva de forma creativa y efectiva. Ese puede ser el refuerzo positivo definitivo para un adolescente.
  8. Tampoco tengas problema en reconocer aquellas cosas que no sabes todavía, invitándoles a ellos a aportarte ideas al respecto.
  9. Inventa ejercicios diseñados específicamente para provocar respuestas diferentes. Puedes dedicarle diez minutos cada dos semanas a hacer juegos donde ser original sea más importante que ser efectivo. Donde la imaginación valga puntos. Podéis jugar a H.O.R.S.E., al espejo, concurso de casi-mates o lo que se te ocurra.
  10. Delega algunas decisiones estratégicas y áreas de organización en los jugadores. Puedes organizar un concurso de jugadas de fondo. O hacer un taller de defensa por posiciones. O crear un pequeño comité que resuelva temas como las cenas, las crónicas de partidos, etc. Los jugadores seguramente necesiten un primer empujón, pero pasados unos meses ya no querrán dejar de aportar ideas. Unos más que otros, como siempre.
  11. No te olvides de hablar con ellos individualmente durante los ejercicios. Especialmente con aquellos que necesiten más ayuda para hacer valer sus ideas. Haz preguntas abiertas y si individualmente es necesario, dales grados de concreción que ayuden a encontrar una respuesta.


Tal y como dije al principio, no es fácil potenciar la creatividad en los jugadores mediante la metodología. Eso sí, todo el esfuerzo dedicado puede verse recompensado en solo dos segundos; lo que tarda en suceder una jugada genial.



miércoles, 10 de junio de 2015

MVP

He de reconocer que no me gustan las estadísticas; me hacen sentir incómodo. Y no es por culpa de las matemáticas. Los que me conocen bien saben que disfruto con los números y la lógica. Más bien, mi miedo viene de que están encriptadas, la gente no lo sabe y saca conclusiones erroneas. Son como un viejo refrán que has oído mil veces, que sabes terminarlo si alguien lo deja a medias pero que, en realidad, nunca has entendido completamente. Como lo de poner la mano en el fuego por alguien...

Además, como dice un amigo, para cada refrán hay un contrarrefrán, así que vaya mierda de sabiduría. Y con las estadísticas pasa algo similar. Por cada lectura, puede haber una opuesta, o complementaria, o peor, opuesta y complementaria. Si bien es cierto que las estadísticas muestran datos sobre hechos reales, no conviene pensar en términos de verdad o mentira sobre lo que afirman, pues ellas, por sí solas, no afirman nada. Necesitan un observador que las interprete y les haga decir lo que él quiere decir. ¡Las estadísticas son cuánticas!

Hay dos frases sobre las estadísticas que me hacen mucha gracia, aunque no creo que sean del todo verdad:

“Las estadísticas son una forma de mentir con precisión”
“Las estadísticas son como los tangas: dejan ver mucho, pero tapan lo más importante”

Sí quiero hacer una crítica aquí, pero no a las estadísticas sino a los entrenadores y jugadores que las sobrevaloran. A menudo le digo a mis jugadores que esos números en la planilla, o en la libreta de sus padres, no son para ellos. Que las estadísticas son un intento de hacer que todos comprendan algo que solo pueden entender lo que estaban a pie de pista.

Los jugadores deben ver con claridad que solo ellos han podido jugar el partido. Vivirlo y conectarlo con todo lo anterior. Ellos han tenido que decidir si pasar o dar un bote más en ese contrataque que acabó en falta. Y ellos han sido los que se han tragado el amargo orgullo ante la bronca del entrenador. Ellos sí han podido sentir el dolor en las piernas del que no puede dar un paso más y también la gloria al poder darlo. Esas victorias y derrotas minúsculas, de las que está lleno el juego vivo, esas no están en ningún número. Ni pueden estarlo. Porque son efímeras, sutiles y exclusivas de aquel que juega al baloncesto con los cinco sentidos. No del que lo observa cómodamente sentado desde la grada, opinando libremente y sin sentir la carga de ningún grupo por el que velar, con todo el derecho a decir lo que quiera porque él paga su cuota, pero ya sin cuota de confianza para el niño. Para ese, que nunca comprenderá lo que sucede en la cabeza de su hijo cuando decide sacrificarse por sus compañeros, para ese… que se quede con las sobras del festín; que se quede con las estadísticas. 

sábado, 16 de mayo de 2015

Entrenadores que forman



La mayoría de jugadores profesionales, así como algunos que no lo son pero que se sienten como tal, saben perfectamente que nadie ha recorrido su camino por ellos. Algunos de estos pasos fueron hacia adelante y otros, aparentemente, hacia atrás; pero todos son sentidos como mérito propio y causa del éxito actual.

No obstante, los mismos jugadores también saben que hubiera sido imposible caminar solos. El deporte, y de forma más amplia el juego, son hechos sociales que exigen, por definición, interactuar con otros. Competir, en su lengua madre significa esforzarse juntos; y aunque parece evidente que con ese "juntos" se refiere a los rivales, también podría ser extensible a los compañeros y a todos aquellos que rodean el hecho deportivo. De entre todos, ahora me quiero fijar en aquellos que acompañan al deportista preparándolo día a día, vestidos de corto, planificando el siguiente paso, metiéndose en su cabeza y poniéndose, en definitiva, a su servicio: los entrenadores de formación; los entrenadores que forman.

El entrenador de categorías inferiores no es, necesariamente, un entrenador de formación. Tampoco el que dirige el primer equipo del club y hace debutar al joven talentoso. Ni el entrenador personal, ni el de tecnificación, ni el preparador físico, ni el psicólogo, ni el entrenador-amigo. Ninguno de ellos tiene porqué ser un entrenador de formación y todos pueden serlo. Y no me estoy refiriendo a que haya buenos y malos. No tiene que ver con su nivel. El entrenador de formación, según mi manera de verlo, es aquel que consigue influir de forma determinante en el carácter de sus deportistas y el que enseña a comprender el mundo del baloncesto y a aprender a jugar mejor.

Entrenadores de formación son todos aquellos que trabajan de forma efectiva junto al jugador en la creación de una mentalidad fuerte y bien enfocada. Puede que además enseñen otras cosas, como técnicas o tácticas, o que ayuden a potenciar el físico, o a mejorar la coordinación... pero todas ellas son meras herramientas al servicio de ese gran objetivo. Al menos, para un entrenador de formación.