domingo, 12 de febrero de 2017

Corto, medio y largo plazo


Todos los entrenadores queremos ganar y a todos nos gusta que nuestros jugadores evolucionen. También todos sabemos que se aprende de los errores. Todos comprendemos el papel de la experiencia y el efecto inmediato de la instrucción directa. Todos sentimos durante el juego, de una u otra forma, que cuanta más libertad dejemos, más riesgo inmediato asumimos. Pero no todos somos iguales. Ni siquiera nos parecemos. Así que, ¿dónde está la diferencia? Yo creo que en el plazo de nuestros objetivos.

Los objetivos a corto plazo tienen que ver con ganar el próximo partido. Scouting, adaptación de sistemas o ejercicios, defensas especiales, etc.

Los objetivos a medio plazo son aquellos que se fijan en la competición. Prepación física planificada buscando picos, reorganización del playbook para ocultar recursos, seguimiento de rivales, explicitación de objetivos de rendimiento como "quedar entre los 4 primeros", etc.

Los objetivos a largo plazo recogen aquellos proyectos que superan la temporada en curso. Suelen ser de dos tipos: aquellos que tienen que ver con la progresión indvidual de los jugadores y aquellos que se refieren al estilo de juego o la identidad de club.

Así, creo que todos los entrenadores hacemos al menos un poco de cada tipo, pero que nuestra principal característica diferenciadora es la proporción que dedicamos a cada plazo. Lo que diferencia nuestros estilos de dirección, nuestras metodologías, nuestros mensajes y nuestro poso en los jugadores es lo lejos que ponemos la mirada en nuestro trabajo con ellos.

lunes, 5 de septiembre de 2016

Niño envenenado



No sé vosotros cómo lo vivisteis, pero en mi caso recuerdo perfectamente lo que yo creía que era el baloncesto antes de meterme a fondo en él. Para empezar, era un deporte donde tocarse ya era falta. Además, el balón era mucho más duro que los dedos de los jugadores. Por último, en este extraño juego, el entrenador estaba muy presente y muy a menudo de manera intimidante. En resumen, era una actividad sin trascendencia ni transcendentalismo alguno -más aún viniendo yo de practicar el ancestral arte marcial conocido como kárate- y que solo podía explicar sus adeptos con aquello de la espectacularidad de los saltos, los mates y los lanzamientos acrobáticos.

En concreto, la figura del mencionado entrenador me daba escalofríos. La disciplina que impartían todos, a mis ojos, no era propia de la población civil. La idea de equipo no distaba de la de batallón y el coach era el temido Sargento Hartman, siempre dispuesto a apuntarte con el índice mientras hace públicas tus vergüenzas. De cualquiera de las formas, en aquellos mis diez u once primeros años de vida, nada me había hecho sospechar que aquel deporte tenía algo escondido para mí.

Gracias a Dios y a mi primo Miguel, hubo un verano en el que todo cambió. Una canasta colgando con cuerdas, unos comentarios de mi primo sobre algunas estrellas NBA, unos pocos tiros y 1x1s, más alguna experiencia gratificante al no ser elegido último en la confección de equipos de las pachangas de mi urbanización, llevaron a mi cabeza la absurda idea de que yo podía ser bueno en esto... Sueños de infancia, supongo.

Ese curso me apunté al baloncesto del cole. Éramos solo 4 alevines y no pudimos hacer equipo. No obstante, nos ofrecieron entrenar con los benjamines y yo no lo dudé. Un año más tarde entraba por primera vez en el campo de la SCD Carolinas. Era infantil de primer año y solo sabía hacer entradas por la derecha en canastas de mini. Yo quería estar en el infantil A, pero se me antojaba un reto imposible. Allí me esperaba David y... fue amor a primera vista. No hay una manera mejor de decirlo. Tenía la personalidad más atractiva que había visto y en apenas un par de meses tenía claro que quería ser como él. Ya tenía mi modelo de entrenador perfecto. Descubrí que quería ser entrenador para ayudar a romper los moldes del sargento autoritario. Quería salirme de la norma. Incipiente adolescencia, me imagino.

Así fue como me entró el veneno. No fue el juego el que me sedujo. Tampoco la vida encumbrada de los deportistas, ni una relación inseparable con Grouxo, mi balón. Fue un líder que se mostraba tan cercano como apasionado, y que supo hacer una apuesta arriesgada con un nene flacucho y raro.

lunes, 22 de agosto de 2016

Si tienes que dejarlo



En los años que llevo dedicado al deporte he descubierto muchos recovecos de esta profesión que dificilmente se pueden comprender plenamente desde fuera. Entré en este mundo atraído por ciertas cosas que, con el paso del tiempo, han perdido mi interés. No obstante, otros aspectos que ni siquiera sabía que existían me mantienen con la pasión intacta. Uno de ellos es ver crecer a las personas.

He coincidido con miles de jugadores. Como es lógico, solo he conocido personalmente a unos cientos, y de estos, mantengo el contacto con unas pocas decenas. Pero creo que acumulo datos suficientes para extrapolar algunas conclusiones desde mi experiencia personal al mundo de la canasta en general. Son reflexiones acerca del abandono del baloncesto.

Cuando cojo un grupo nuevo suelo decirles que mi reto con cada uno de ellos tiene más que ver con cuánto tiempo se mantengan jugando que con cómo de alto lleguen a hacerlo. Si con cuarenta años siguen en la pista, yo seré feliz. Aún así, la mayor parte de los jugadores con los que estuve durante mis primeros diez años de entrenador -hace once ya- no siguen jugando ni están vinculados a este deporte de ninguna manera. Es así; es ley de vida. De los diez alevines que hoy forman un equipo, dentro de veinte años seis o siete ya no tendrán nada que ver con el baloncesto.

No obstante, mi reflexión principal tiene que ver con las razones de este abandono. He podido comprobar que existen tres causas bien diferenciadas y que suelen llevar a escenarios de vida futura muy distintos. 

Aquellos que lo dejan en contra de su voluntad. Sobretodo por lesión o incompatibilidad con el horario laboral. Estos casos son los más dolorosos. En caso de lesión, puede que encuentren otra forma de seguir vinculado.

Aquellos que lo dejan porque tienen una nueva pasión. El baloncesto es desbancado en la escala de preferencias y una nueva inquietud invade los pensamientos y requiere de los esfuerzos extra que antes iban a la pista. Su futuro suele ser igual de brillante y feliz que lo podría haber sido jugando al basket.

Y por último, aquellos que lo dejan sin tener nada mejor que hacer. Frustraciones, decepciones o simple aburrimiento hacen que se pierdan las ganas de forma paulatina hasta que ya no quedan. Este es el caso más peligroso según mi experiencia. Abandonar por no haber obtenido lo que pensabas que merecías es un error con mayúsculas. El futuro de aquellos que tiraron la toalla rara vez ha sido enriquecedor y saludable.

Sé que es raro y falto de fundamento, pero mi consejo es claro aquí: no es buena idea dejar el baloncesto por culpa del baloncesto. Si tienes que dejarlo, que sea por culpa de otra pasión.